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Historia de una (des)nutrida relación: Anorexia, bulimia y cerebro

Los trastornos alimentarios no afectan solamente al cuerpo. Nuestro cerebro también sufre la carencia de nutrientes.

Por Lic. Cecilia C. Ortiz – Neuropsicóloga – Mgster. en Neurociencias

“Detrás de un desorden alimentario no hay solo un cuerpo que sufre, hay un cerebro que padece y un alma que pena”, reza el slogan de una campaña contra estos trastornos que atormentan a miles de personas alrededor del mundo.

La Argentina puede “vanagloriarse” de ocupar el segundo lugar a nivel mundial con mayor cantidad de casos. La Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba – www.aluba.org.ar) Buenos Aires notifica que uno de cada tres adolescentes tiene un trastorno alimentario.

Cuando existe un trastorno en la conducta alimentaria originado en una alteración en la percepción de la imagen corporal, acompañado por miedo intenso a aumentar de peso y cambios a nivel físico, conductual y emocional, hablamos de desorden en la ingesta de alimentos o trastorno alimentario.

La anorexia lleva a querer mantener un peso corporal marcadamente por debajo de lo normal. Para esto se restringe significativamente la incorporación de alimentos. Se dice que las personas con anorexia mantienen un estricto control en su relación con la comida.

La bulimia, si bien comparte con la anterior la excesiva preocupación por la imagen y la ingesta, no logra un control absoluto sobre lo que ingresa al sistema digestivo, pasando por períodos de atracones seguidos por conductas purgativas (vómitos, laxantes, diuréticos).

Nuestro cerebro representa el 2% de nuestro peso corporal, y necesita alrededor de un 20 a 25% de la energía que consumimos cada día. La principal fuente de fuerza para que el cerebro funcione adecuadamente proviene de la glucosa. Así, necesitamos carbohidratos, lácteos y otros nutrientes esenciales, como vitaminas, minerales, ácidos grasos y proteínas. Nuestro cerebro depende de lo que comemos para ser efectivo.

Por ejemplo, los lácteos aportan una sustancia que se llama triptófano, que es imprescindible para sintetizar un neurotransmisor llamado serotonina, que a su vez, regula las emociones.

Muchos científicos están abocados a desentrañar la trama oculta que desde el cerebro acompaña a estas alteraciones. En la Universidad de Colorado, Estados Unidos, Guido Grank, profesor de psiquiatría y neurociencia, dirigió un estudio en el que se escaneó la actividad de los cerebros de mujeres sanas, anoréxicas y bulímicas. Encontró que éstos dos últimos grupos tenían dañado el circuito neuronal que regula el apetito y el gusto. También descubrió que el hipotálamo funciona de manera diferente en ambos.

Otros estudios remarcan el peso genético de este tipo de alteración, haciendo hincapié en que patrones familiares de relación con la comida van transmitiéndose de una a otra generación.

En un estudio argentino financiado por el CONICET y publicado por la revista de neuropsicología latinoamericana en el año 2016, se estudió el perfil cognitivo de mujeres con trastornos alimentarios (anorexia y bulimia) y se lo comparó con el de mujeres normales.

Observaron que las pacientes con anorexia presentaban alteración en la atención, en la memoria verbal y visual y en la coherencia central. Por otro lado, las pacientes con bulimia tenían comprometidas la atención y la coherencia central. Ambos grupos mostraban marcadas dificultades en la capacidad de flexibilidad mental y en la cognición social.

La coherencia central hace referencia a la forma de procesar información. En situaciones normales, uno recibe múltiples estímulos de diferentes sectores, el cerebro los procesa para obtener una experiencia global. Las personas con trastornos alimentarios tienen un estilo de procesamiento enfocado al detalle, con lo cual, su procesamiento de la información es deficiente.

Por ejemplo, si van a una fiesta, se enfocarán en las calorías que acaban de ingerir con el bocadito que se comieron y si esto les marcará más “el rollito de la cintura”, mientras que otras personas podrán incorporar la experiencia en su totalidad, atendiendo a la música, las luces, las personas que están, la decoración, etc.

La flexibilidad mental implica poder adaptar nuestra conducta a situaciones cambiantes, en otras palabras, darse cuenta de que necesito cambiar un pensamiento, una opinión o una conducta porque una situación nueva lo requiere.

Quienes padecen trastornos alimentarios presentan rutinas fijas difíciles de cambiar, con serios problemas para flexibilizar patrones de acción según el medio. Entonces, ellos comen a determinada hora y una determinada cantidad de algo: no cabe la posibilidad de modificar esa estructura.

En cuanto a la cognición social, estudios demuestran que existe un patrón de sumisión, falta de asertividad e inhibición social, lo que dificulta el ajuste social y laboral. Estas características tienden a persistir aún después de la recuperación.

Además, hay una valoración negativa de la alimentación, con marcado “sobre control” de la ingesta y alteración del esquema corporal. Esto ha sido demostrado a través de imágenes cerebrales, que marcan disfunción en la corteza prefrontal, parietal inferior, giro fusiforme y corteza cingulada.

La generalidad de las investigaciones sostienen que existe un compromiso de la corteza prefrontal en este tipo de trastornos; área del cerebro implicada en la organización, planificación y toma de decisiones. También de Esta porción cerebral depende la capacidad de atención sostenida o concentración.

Y si la atención está comprometida, obviamente, la memoria sufrirá impacto.

Un trastorno alimentario genera un círculo destructivo físico y emocional que tiende a perpetuarse. Y sucede que somos una unidad. Nuestro cerebro sufre significativamente las consecuencias de una alimentación alterada, dificultando el ajuste cognitivo a las exigencias del medio.

Después de todo, el dicho “somos lo que comemos”, no es tan errado, ¿no?

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