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Las salas de cine en Chacras -->

Las salas de cine en Chacras

Miedo, intriga, tristeza y risa fueron algunas de las emociones que desprendieron los fotogramas al llegar a la pantalla grande.

Por Lorena Villafañe

Los primeros destellos de imágenes sobre la pantalla grande se proyectaron allá por 1930 ante los ojos de quienes, en aquel entonces, habitaban el pueblo de Chacras de Coria. Sobre la calle Mitre, frente a la Estación Paso de los Andes, abrió el Salón Cocucci, el primer lugar donde los chacrenses se dejaron cautivar por las maravillas del séptimo arte. Fueron éstos los pasos incipientes de lo que luego se convertiría en un ritual con días prefijados para disfrutar de las joyas del cine nacional e internacional.

En aquella época, Chacras tenía una población escasa y este salón fue uno de los pocos sitios de entretenimiento para sus habitantes. Todo el vecindario concurría a las funciones de los sábados y los domingos, destinados a la proyección de películas en alternancia con los bailes sociales, las cenas de camaradería o las reuniones convocantes. Una etapa de letargo le sucedió a su clausura, hasta que en 1941, durante la temporada de verano, se inauguró el Cine Astro con el film Isabelita, protagonizado por Paulina Singerman, entre otras figuras.

La mayoría de las películas que llegaron a la sala de la calle Viamonte, frente a la Escuela Teresa O´Connor[1], fueron argentinas. La empresa a cargo se llamó Cinematografía Arturo Longone y su dueño fue un cineasta abocado a llevar el séptimo arte a los barrios, y también a Chacras.

Los memoriosos que gustan del cine de la época, reconocerán otros de los títulos de los que disfrutaron los chacrenses: La guerra gaucha y La canción de los barrios, esta última con la actuación de Hugo del Carril y Libertad Lamarque. Así es como en los días de calor, la época de oro del cine argentino se proyectó al aire libre en el Cine Astro.

Una vez alcanzado el invierno, los dueños de la sala se trasladaron a un local ubicado en Mitre y Jorge Newbery, donde además de mostrar películas organizaron fiestas. Las cintas norteamericanas ocuparon un lugar importante en el gusto de los espectadores y compitieron con el cine nacional en el concurrido salón del pueblo.

Lo entretenido e intrigante fueron los famosos episodios y series de cine que llegaron después. No faltó quien quedara deseoso de ver el siguiente capítulo de El Zorro que, al mejor estilo televisivo actual, dejó en suspenso al público hasta la función siguiente. Los tambores de Fumanchú, La araña negra y las películas del oeste fueron algunas de los principales atractivos de los domingos por la tarde.

Ese día fue también el más concurrido por los niños, gracias a una función matiné prevista a las 15 hs. El resto de las proyecciones fueron nocturnas los miércoles, jueves y sábados, en este último caso con dos horarios. Todas las funciones tuvieron éxito y la sala se llenó de espectadores una y otra vez, a tal punto que las entradas debían ser adquiridas con anticipación por encontrarse agotadas el mismo día. Por entonces no existía la competencia que hoy atraviesa el cine con la televisión, el cine era una novedad en pleno auge.

El ocaso del Cine Astro se dio entre 1944 y 1945, pero esta vez no hubo vacío cinematográfico para los chacrenses. Ese mismo año se inauguró frente a la Plaza la primera sala techada, equipada con butacas, proyector, sala, pantalla fija, escenario, platea y paraíso. El Cine Grand Splendid, en la calle Viamonte y Mazzolari -actual Centro Cultural Para Todos Teatro Leonardo Favio-, perteneció a la familia Stroppiana-Grimalt.

El nuevo espacio se estrenó con las películas Villa Rica del Espíritu Santo y la mexicana Ay Jalisco, no te rajes. La concurrencia durante el primer día en funcionamiento fue impresionante y así es como Chacras repitió el ritual de acicalarse y vestirse con la mejor ropa para ir al cine.

El auge de la proyección cinematográfica en Chacras

El surgimiento de las salas de cine en Chacras tiene una estrecha relación con un fenómeno que comenzó a propagarse en toda la provincia y que hizo ver en los cines, la gran promesa del crecimiento financiero de aquellos tiempos. Los cines fueron “el negocio” de la época y poco tuvo que ver, en un principio, con la pasión que desató el séptimo arte.

Atrapados por esta oleada de entusiasmo que trajo el cine, el mecánico Juan Stroppiana y el dueño de una empresa de ómnibus Miguel Grimalt, se embarcaron en la apertura de una verdadera sala cinematográfica en Chacras de Coria, ya que hasta el momento las películas sólo fueron vistas en salones adaptados para su proyección.

Basados en la experiencia de la familia de Juan, construyeron en la calle Viamonte y Mazzolari el cine Grand Splendid, cuyas siglas aludieron a las iniciales de los apellidos de sus dueños: Grimalt-Stroppiana.

Las funciones de este espacio fueron programadas para los días martes, miércoles, jueves, sábados y domingos, mientras que los viernes el lugar fue ocupado por las retretas, sobre todo en primavera y verano.

De avanzada

Sus propios dueños cuidaron cada detalle del edificio basándose en los cines que ya poseían los Stroppiana. Un sistema de refrigeración y calefactor innovador para la época climatizó la sala, con un ventilador colocado debajo del escenario y enviado por tubos al pie de cada butaca. En los meses de frío un gran chorro de fuego apuntó a la pared de ladrillo con la ayuda de una turbina impulsada debajo de los asientos. Ambos mecanismos fueron ideados por Juan y Rosendo Stroppianna; el primero una especie de inventor incansable, curioso e ingenioso a tal punto que ideó una decena de lavarropas con su sello para los parientes, así como un auto para su hijo, monopatines con motor y el más genial de los inventos de la cinematografía de la época: un sistema de cambio automático para pasar las cintas de las películas sin interrupción.

Hasta entonces, cuando un rollo de cinta se terminaba, había unos segundos de silencio hasta la colocación del siguiente. En cambio con esta propuesta electromagnética se conectaron dos proyectores en cadena para evitar el sobresalto en la atención del espectador. Su creación tuvo tal repercusión, comentaba su hijo Osvaldo, que llegaron del Cine Gran Rex de Buenos Aires para comprarle el invento.

Las anécdotas

Al escenario de este cine también subieron las compañías de radio teatro que además actuaron en vivo. Entre los tantos elencos que se presentaron figuró el de Manuel Menéndez, Sebastián Pérez y Luis Francese. En algún momento también se promocionaron espectáculos traídos de Buenos Aires, como Los cinco grandes del buen humor, el tenor mexicano Alfonso Ortiz Tirado y Los Trovadores de Cuyo.

Fue común que el escenario de las salas de cine sirviera para pasar los espectáculos musicales y teatrales del momento. En general, las compañías o los artistas cobraron un 60% de la recaudación y el dueño de la sala un 40%. En una oportunidad, contó Osvaldo, la gente esperaba que se presentara la compañía de Manuel Menéndez y su hermano Juan. Según recordó, estaba pactado el mismo porcentaje de siempre para el pago de la función, sin embargo la compañía pidió más dinero para presentarse. La función se retrasó tanto en la disputa por el precio del caché que la gente se inquietó y los que ya tenían pagada su entrada intentaron ingresar al cine por la fuerza. Como ninguna de las partes cedió, la función tuvo finalmente lugar en la plaza de Chacras.

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El Chalet de Piedra  de Chacras de Coria,  parte III -->

El Chalet de Piedra de Chacras de Coria, parte III

Antonio Simón un pionero del pedemonte y su lucha por y contra el agua allá por las primeras décadas del 1900

En los números 140 y 144 de Correveidile relatamos las distintas etapas vividas por Antonio Simón mientras construía su casa de veraneo que comenzó en 1914 cuando la Panamericana ni siquiera estaba proyectada, en pleno pedemonte, aunque cerca de la estación Paso de los Andes. La construyó  para que  su hija María Elisabet, afectada de cierta debilidad pulmonar, recibiera los beneficios del  aire puro.  La casa se mantiene aún en pie y su nieto Enrique Roig sigue reconstruyendo, después de cien años su historia.

“Mientras construía la casa y también luego de terminarla, don Antonio Simón  afrontó el gran desafío del agua.  En ese lugar el desafío era doble: el agua como primera necesidad de la vida era muy escasa, pero también era destructora, arrolladora,  en las impredecibles crecientes de verano del río seco Tejo, que bordeaba su propiedad  por el Oeste y que a veces la cercaba con un brazo que se abría por el frente”.

“Para defender su terreno de esos aluviones, además de las corridas de rocas por el frente de la casa que ya referimos, construyó y mantuvo  grandes gaviones en el rio seco.  Los gaviones son murallones enclavados en el lecho del río seco, desde la barranca,  armados con rocas encerradas en gruesas mallas metálicas. Estos gaviones desviaban el agua torrencial hacia el centro del lecho  y  debían repararse o reforzarse todos los años”

“Mucho después, en 1969, cuando se concluyó la ruta a Chile en su tramo hasta Uspallata siguiendo  el trazado del viejo ferrocarril trasandino, es decir, siguiendo el curso del río Mendoza, su terreno quedó protegido con un murallón de hormigón armado que se construyó para defender la cabecera del puente de la ruta sobre el río seco Tejo”

“El otro desafío era el agua de necesidad vital cotidiana y de la que el lugar carecía en absoluto. Solo  se contaba con el último extremo de la red de regadío, que se encontraba a más de doscientos metros y un surtidor público de agua potable en la estación Paso de los Andes, del ferrocarril, a unos cuatrocientos metros. En ambos casos había que atravesar el río seco Tejo”

“Siempre ingenioso”, destaca su nieto, “Antonio Simón construyó una estiladera de doble uso.  El agua de riego, cargada entonces siempre de arcilla y arenisca, pasaba  por un gran filtro tallado en una sola pieza de piedra pómez, que era de uso común en la época. El filtro goteaba en una tinaja de barro cocido y vidriado, encerrada en el mismo mueble, con una salida hacia el exterior mediante un caño provisto de canilla. Más abajo tenía el artefacto un gabinete forrado de estaño y con un desagüe, donde se colocaba hielo y constituía “la heladera”. Por lo menos hasta los años cuarenta el carro del “hielero” se aproximaba diariamente en verano hasta el chalet de piedra, donde moraba su último cliente, al borde del desierto”

“Otra ingeniosidad que instaló don  Antonio Simón para el uso del agua, fue una ducha que armó en un  pequeño recinto integrante de la construcción de hormigón armado. Ideó y construyó un  tanque de chapa galvanizada que se bajaba para cargarlo de agua e izaba  mediante un aparejo. Luego, tirando de una cuerda, se accionaba una válvula que dejaba caer el agua a través de una flor en el pequeño recinto.

“Pero a don Antonio Simon no conformaba  la gran dificultad del agua. Pensó que tendrían que existir napas de agua subterránea paralelas al río seco. Por tal motivo contrató a un esforzado minero chileno para que excavara buscando agua, a pico y pala. Se aproximó a la profundidad de ochenta metros, pero fue inútil. Después de tan pesadísima y riesgosa perforación, desistió de ese intento. Decidió entonces acopiar toda el agua de lluvia que cayera sobre el techo de chapa de  la casa en un aljibe. Construyó entonces el receptáculo apropiado junto a la casa. Le dio unos dos metros de diámetro y unos dos metros y medio de profundidad, con unos sesenta centímetros elevado sobre el terreno. La pared circular fue de rocas asentadas en concreto y el fondo de concreto llaneado, cónico y con un receptáculo central para facilitar la limpieza. Una losa de hormigón armado cubrió el aljibe, con una tapa de hierro abisagrada.  Coronó su obra con una enorme llanta de carro de hierro de una sola pieza que abrazó el brocal del pozo, que hasta hoy está intacto”.

“Mientras tanto y llegando siempre en ferrocarril, pasaron algunos años de vacaciones en aquel agreste, limpio y elemental lugar de horizontes abiertos y noches cerradas, en que las estrellas casi encandilaban en las noches sin luna. Entonces allí la joven María Elisabet recuperó plenamente su salud y allí nació para ella un vínculo que perduraría de por vida, con una pequeña niña de Chacras de Coria, Eufemia Correa,  que prohijó mi abuela”.

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Jacinto Anzorena, el ingeniero y político mendocino que murió en Chacras -->

Jacinto Anzorena, el ingeniero y político mendocino que murió en Chacras

El distrito tuvo el privilegio de contar entre sus vecinos a un gran funcionario público e ingeniero, llamado Jacinto Anzorena, quien falleció en nuestra localidad hace más de 70 años. Dejó un legado muy grande en la provincia: inclusive un club lleva su nombre.

Por Carlos Campana

El ingeniero Anzorena nació en Mendoza el 8 de diciembre de 1869. Hijo de Tomasa Mercedes Puebla y el doctor Pedro Ignacio Anzorena, quien fue gobernador de la Provincia. Proveniente de una familia tradicional mendocina, don Jacinto cursó sus estudios primarios y secundarios en esta capital. Luego de egresar como bachiller, el joven partió junto a su hermano hacia el Reino Unido con el objetivo de ingresar como pupilo en la Universidad de Brighton, en la que obtuvo su título de ingeniero civil y naval.

En Londres conoció a Máximo Terrero y a Manuelita Rosas, quienes le brindaron su apoyo. Regresó a la Argentina con su flamante título de ingeniero y se estableció en Buenos Aires, donde trabajó ejerciendo su profesión en los Arsenales de la Armada. Allí se vinculó con personajes políticos y sociales que vieron en él a una persona de una personalidad brillante.

El gobierno nacional lo convocó entonces junto al perito Francisco P. Moreno para integrar la Segunda Comisión de límites con Chile a fines del siglo XIX. Posteriormente viajó a Mendoza, donde se radicó. Inmediatamente se integró a diferentes secretarías gubernamentales como funcionario público. Inclusive fue intendente de la Ciudad de Mendoza desde 1914 a 1917. Además ocupó en varias ocasiones la banca como legislador provincial.

Entre sus grandes obras de ingeniería cabe destacar la confección del Dique de Los Papagayos construido en 1937 bajo su dirección: una de las primeras defensas que tuvo la ciudad contra los aluviones. Entre otras obras se encuentran el basamento del monumento al General San Martín en la plaza de la Ciudad de Mendoza -que lleva su nombre-. Desde principios del siglo XX, Jacinto eligió nuestra localidad para vivir junto a gran parte de su familia.

En su finca, buscó la paz y la tranquilidad cuando se jubiló a mediados de los años 30, sin dejar de lado su participación en renombradas instituciones culturales, académicas y de bien público. Se destacó como miembro de la Institution of Civil Engineers, entidad ubicada en el Reino Unido.

Estaba casado con Esther Villegas, quien lo acompañó toda su vida. Falleció en Chacras de Coria el 27 de diciembre de 1949 a los 80 años de edad.

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Cuando Viamonte se vestía de pueblo -->

Cuando Viamonte se vestía de pueblo

La foto es de Carlos “Cachilo” Púrpura y fue tomada a principios de los ‘90 en la calle Viamonte, entre Mitre y Aguinaga, a metros de la Plaza de Chacras de Coria.

Hacia el fondo de la imagen, una mujer pasa y mira el interior del local de cabinas telefónicas que tenía la familia Cutrera, cuando internet era una posibilidad todavía remota.

El pequeño portón y la casa de al lado corresponde a la propiedad de los Lori, en cuya puerta solía sentarse el señor Remo.

Siguiendo en esa dirección estaba el restaurante La Tasca, del recordado músico y cocinero Eduardo Aveni, que más tarde funcionó en calle Mitre.

Un hermoso recuerdo de cuando la historia del Correveidile se empezaba a escribir.

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Un héroe de la aviación que fue vecino de Chacras -->

Un héroe de la aviación que fue vecino de Chacras

El distrito se caracterizó por tener entre sus vecinos a grandes personalidades de la vida política, militar y cultural a nivel local y nacional. Muchos se sorprenderán al conocer que en esta tierra vivió el recordado aviador militar, el capitán Luis C. Candelaria.

Por Carlos Campana

Su gran proeza fue vencer en abril de 1918, la gran Cordillera de los Andes en un aeroplano. Este vuelo fue realizado desde la localidad neuquina de Zapala rumbo a Chile, en donde aterrizó cerca de la ciudad de Cunco. Luego de retirarse como piloto del cuerpo aéreo del Ejército Argentino, se instaló en Chacras por muchos años.

Luis Cenobio Candelaria nació en Buenos Aires el 29 de octubre de 1892. Sus padres fueron don Victorio Candelaria y Luisa Micossi. Su madre tuvo gran influencia en su formación, y en 1908 ingresó al Colegio Militar. Después de cursar en esa institución castrense egresó como subteniente en el arma de ingenieros.

Con 21 años, Candelaria se entusiasmó al conocer las denominadas “máquinas voladoras”, más conocidas como aeroplanos, que en Argentina comenzaban a ser promovidas de la mano de Newbery y otros pioneros.

Por aquel tiempo, los militares vieron el gran potencial que tenían estos aparatos y fueron insertados como un arma más en el Ejército Argentino.

Se cree que la muerte de Jorge Newbery en Mendoza el 1 de marzo de 1914, influyó en la vida del joven militar, quien un par de años después obtuvo la patente de piloto.

A principios de 1918, el juvenil aviador cumplía servicio en la base militar de El Palomar -Provincia de Buenos Aires- e inició una serie de reparaciones sobre un aeroplano de marca Morane Saulnier Parasol de 80 H.P, denominado con el nombre “Mendoza” y donado por las Damas Mendocinas, que había sufrido varios accidentes.

Con la ayuda del personal mecánico de esa unidad, la nave fue reparada y el entonces teniente Candelaria solicitó a sus superiores viajar con ese aparato a Mendoza: le negaron la posibilidad. Su verdadera intención era realizar la hazaña del cruce de los Andes en aeroplano.

Ante la negativa no se amilanó y pidió que se lo trasladara a Zapala, Neuquén, a lo que las autoridades militares accedieron. Después de un tiempo, el piloto y sus mecánicos estaban listos para emprender la aventura de traspasar el macizo andino. Hazaña que realizó solo y luego de unas horas, en un complejo aterrizaje que casi destruyó el avión. Así, Luis Candelaria se transformó en el primer argentino en ejecutar la trascendental epopeya. De regreso a Buenos Aires, a los 25 años, a este militar se lo agasajó como a un gran héroe.

Una Virgen lo acompañaba en Chacras

A fines de 1920, el capitán Candelaria pidió su retiro efectivo del cuerpo aéreo del ejército y por problemas de salud, pudo cobrar su pensión y no tuvo mejor opción que llegar a la provincia de Mendoza y establecerse en Chacras de Coria.

Aquí, el militar compró una propiedad a la familia Dalla Torre, que se ubicaba en la esquina de Pueyrredón y Viamonte. Por varios años el piloto vivió allí y se comenta que en una gran inundación -posiblemente el aluvión de 1934- encontró flotando en el agua una imagen de la Virgen. Luego de recuperarla le construyó un pedestal casi en la esquina de su vivienda. Con el tiempo, el lugar comenzó a llamarse “La esquina de la Virgen” y fue objeto de devoción por parte de los vecinos del lugar.

Durante los años que vivió en Chacras, Candelaria fue un vecino muy admirado, no sólo por su fama como piloto, sino por su agradable personalidad y principios éticos y morales. Durante largas temporadas residió en nuestra localidad, pero luego vendió su propiedad y se radicó en Misiones. De allí viajó a Tucumán, donde falleció el 23 de diciembre de 1963. Días después fue enterrado en la ciudad de Zapala, en Neuquén.

Una calle en Chacras de Coria lleva su nombre.

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Historias del Pago: Juan Bautista Gargantini, bodeguero y político que amó Chacras -->

Historias del Pago: Juan Bautista Gargantini, bodeguero y político que amó Chacras

El nombre de los Gargantini está muy ligado a Chacras de Coria. Fue Juan Bautista quien hacia 1921 estableció una pequeña bodega en este lugar. Y cuya figura tuvo una gran incidencia en nuestra provincia.

Por Carlos Campana

Nació en Mendoza el 11 de noviembre de 1891, aunque fue bautizado el 31 de marzo del año siguiente. Juan Bautista Gargantini fue uno de los ocho hijos del suizo Bautista Gerónimo Gargantini y Oliva Bondino. Su padre, de origen helvético, llegó a nuestra provincia como muchos de los inmigrantes que se establecieron con el gran sueño de progresar. Aquí se asoció a su cuñado Juan Giol y a fines del siglo XIX fundaron la empresa “La Colina de Oro”.

El pequeño Juan Bautista fue enviado en 1902 a Suiza, donde  estuvo a cargo de su abuelo Pietro por un tiempo. Allí estudió y se vinculó de lleno al comercio. Durante ese período adquirió una gran experiencia que trajo a su vuelta a Cuyo, en 1910.

Un año después, tras el regreso a Europa de su padre y la desvinculación social con Giol, la familia Gargantini mantuvo una de las bodegas en el departamento de Rivadavia, donde elaboraron vinos finos y de mesa.

En 1921 Juan Bautista estableció una bodega en Chacras de Coria, que elaboraba vino de mesa con una producción de 3 millones de litros. Más de una veintena de obreros trabajan en aquel centro de producción, uno de los tres más importantes que tenía la empresa denominada “Bodegas y Viñedos Gargantini”.

La bodega estaba enclavada en una finca de mayor extensión que además de los viñedos, poseía una gran variedad de frutales propios de la zona de Chacras. La misma perteneció al destacado empresario y político hasta 1950, que pasó a ser dirigida por sus hijos Carlos y Alberto hasta la década del ‘80, cuando fue vendida a una empresa española. Don Juan Bautista fue un enamorado de la bodega de Chacras de Coria y a pesar de que no vivía en la localidad, la visitaba muy seguido.

En 1987, “Clos de Chacras” fue recuperada por su nieta Silvia Gargantini y restaurada conservando su estilo original. En el 2004 inició la producción de vinos de alta gama. Está ubicada en la calle Monte Líbano, en el denominado “Barrio Chino”.

Vida política y deportiva

A principios del siglo XX, con la llegada del fútbol a Mendoza, Juan Bautista quedó profundamente entusiasmado y junto con otros socios fue el fundador del actual Club Independiente Rivadavia en 1913, cuyo estadio lleva su nombre. Además participó activamente de esa actividad y fue uno de los creadores en 1922 de la Liga Mendocina de Fútbol. Además de ser un gran hombre de negocios y dirigente de fútbol se involucró en la política y el turf.

Fue durante la primera década del siglo XX que inició su carrera política militando en la Unión Cívica Radical, vinculado al lencinismo. Durante las elecciones provinciales para la gobernación, Gargantini se alió a Carlos W. Lencinas y ambos conformaron la fórmula electoral Lencinas gobernador y Gargantini vice, asumiendo el 3 de febrero de 1922. Su mandato duró hasta 1924 y dos años después ocupó un escaño como senador nacional por Mendoza.

El golpe de Estado de 1930 y su dedicación a otras actividades hizo que Gargantini se alejara de la política por algunos años pero regresó en las elecciones de 1941 para postularse como candidato a gobernador por la UCR junto a Rubén Palero Infante. Sin embargo quedaron en segundo lugar frente a los candidatos del Partido Demócrata Adolfo Vicchi y José María Gutiérrez.

Un dato curioso es que durante las elecciones de 1946, el candidato a presidente Juan D. Perón le propuso armar una lista como gobernador en la provincia, pero el bodeguero y hombre de negocios no aceptó. Esto originó su retiro definitivo como militante político.

Juan Bautista Gargantini también fue un reconocido criador de caballos pura sangre. Durante su asociación con el turf supo cultivar grandes amistades y fue miembro del Jockey Club local y del de Buenos Aires. Admirador de las corridas de toros, se encargó de traerlas a Mendoza en 1947.

Su vida familiar estuvo marcada por su primera esposa llamada Margarita Brignone con quien contrajo matrimonio en 1914. De esta unión nació Alberto y Carlos. Toda una vida juntos, enviudó en 1978. Dos años después volvió a casarse con Josefina Ceresoli, quien lo acompañó hasta el fin de sus días.

Falleció en Mendoza el 1 de agosto de 1985 a los 94 años.

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Vuelta al pasado: El centrador de ruedas -->

Vuelta al pasado: El centrador de ruedas

Una acuarela en palabras de cuando el realizador Federico Serafín (Canal Encuentro) filmó en Chacras de Coria un capítulo sobre el lugar y llegó a la atmósfera y los elementos del querido Don Cobos.

Por Onelia Cobos

La bicicletería artesanal del pueblo sería recordada en el tiempo por dos herramientas emblemáticas: el centrador de ruedas y el inflador industrial, gigante y enorme, que permitía insuflar aire a las cámaras y cubiertas casi sin esfuerzo.

El primero mantenía de pie -frente a la rueda con rayos a ajustar-, muchas horas del día al mecánico reparador. Éste usaba la redondez de una pieza de acero inoxidable, casi un reloj, con surcos donde encajaban los rayos de la rueda y los estiraba hasta quedar perfectamente tensos, como cabello recién peinado.

El centrador permitía a la rueda girar y ser acariciada por las manos del hombre, que la convertían en un sol perfecto de verano, impecablemente equilibrado. El segundo hizo que… “Don Cobos, ¿me presta el inflador ?”, se volviera una eterna y familiar solicitud en el lugar. Obviamente Don Cobos era el mago de las reparaciones del único transporte del lugar.

Don Cobos había permitido que la armonía, el orden, la prolijidad, la reparación de las ruedas que arreglaba, trascendieran a su espíritu que flotaba y que lo hacía tan querible por sus clientes. El centrador está ahora en el patio de la casa de su hija. Como las estatuas de Lola Mora, se ha convertido en un elemento estético con una llamativa fuerza energética.

Lo supimos cuando el director Federico Serafín colocó su cámara filmadora muy cerca, hizo girar la rueda recién colocada y dejó que los giros de antaño se desprendieran imparables. Sintió que nunca sabría por qué había llegado a este lugar donde el hacer humano se convertía en magia de encuentros no buscados, donde la sencillez del vivir se metamorfoseaba en magos xilógrafos, poetas surrealistas, pintores del color puro, ebanistas soñadores y utópicos hacedores de arquitectura medieval y futurista. No quiso saber. Había sido elegido para conocerlo.

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La sala de primeros auxilios de Chacras: un legado vigente -->

La sala de primeros auxilios de Chacras: un legado vigente

Un grupo de vecinos progresistas avanzó en la concreción de este espacio para el cuidado de la salud hace un siglo.


Por Carlos Campana

Hoy se la conoce como el Centro de Salud N° 38 “Dr. Carlos Levy” y está ubicado en calle Italia al 5600 de esta localidad. En este lugar se brinda el servicio de atención médica primaria que todos conocemos. Pero este centro asistencial tiene una historia que comenzó con la iniciativa de un grupo de destacados vecinos, hace más de cien años.

En 1918 se produjo una epidemia de gripe de tipo “A”, que dejó millones de víctimas en todo el mundo. La provincia de Mendoza no fue la excepción y a pesar de que se extremaron las medidas preventivas, más de 100 personas fallecieron por esta pandemia. Esto hizo que en Chacras de Coria, varios vecinos se unieran para formar una comisión “Pro-Sala de Primeros Auxilios”, con el objetivo de prevenir este tipo de enfermedades y establecer un lugar en donde se pudiera brindar asistencia médica a las personas que lo necesitaran.

Por iniciativa del señor Bernardo Martínez, José Fernández Cabrera, Rosario Sansano de Ferro, Francisco Bilbao, las docentes María Morse y su amiga Margaret Collord -quienes fueron las últimas maestras estadounidenses que trajo Domingo Faustino Sarmiento a Mendoza- y el señor Manuel Cuitiño, quedó conformada la primera comisión directiva.

Esta comisión realizó infinidades de eventos para juntar el dinero requerido, entre ellos, varios corsos de carnaval, bailes en casas de respetables vecinos y por supuesto, cada uno de estos miembros contribuyeron con sus propios fondos para que este proyecto se convirtiera en una realidad.

Todo lo grande nace pequeño

El 20 de noviembre de 1920, quedó parcialmente inaugurada la salita de primeros auxilios. No se sabe con exactitud la ubicación, pero lo que se conoce es que la misma tenía un médico y servicio de farmacia en donde la asistencia era totalmente gratuita.

No obstante de cumplir el anhelo de tener operativo este centro de salud, la comisión “Pro- Sala de Primeros Auxilios” siguió trabajando arduamente para conseguir otro lugar en donde pudiera concederse mejores servicios para los vecinos de Chacras de Coria.

Por aquello años, la sala estaba a cargo del doctor Francisco B. Correas. Contaba, además, con la enfermera Paula de Martínez y el farmacéutico Manuel F. Cuitiño. Las consultas gratuitas para el público se realizaban los martes, jueves y sábado de 11 a 12 horas. Pero también se atendían casos de emergencias en donde el médico concurría desde su domicilio.

Por varios años, la comisión fue presidida por Miguel Aguinaga, quien tuvo como prioridad la construcción de un nuevo edificio que incluyera un mejor equipamiento de salud. En abril de 1929, la comisión adquirió al señor Demetrio González, una propiedad de 547 metros cuadrados de terreno sobre la calle Italia.

Este inmueble fue comprado al contado por la suma de mil seiscientos pesos. Cabe destacar que el escribano Emilio Touza, renunció a sus honorarios a beneficio de la sala y que el señor Aguinaga, donó la suma de 24.000 pesos para la edificación del complejo de salud. Sin perder tiempo, ese mismo año se ejecutó la construcción y para finalizar aquel emprendimiento, varios lugareños contribuyeron con la realización de un gran corso en el Club de Chacras de Coria, para contribuir con fondos que fueron donados a la Comisión.

A mediados de 1931, el proyecto edilicio que contaba con una sala de cirugía, consultorios médicos, una habitación con cuatro camas para enfermos convalecientes, salón de actos y demás dependencias, quedó concluido.

Inauguración del edificio

En la tarde del 5 de setiembre de 1931, la Sala de Primeros Auxilios de Chacras de Coria quedó inaugurada oficialmente con la presencia del entonces interventor José María Rosas y el ministro de Obras Públicas, ingeniero Ricardo Videla. También asistieron el presidente de comisión “Pro- Sala de Primeros Auxilios”, señor Jorge Biritos y el escribano Alberto Cabanillas Barboza. El padre Juan N. Peralta fue quien bendijo el edificio en un acto muy emotivo en donde participaron todos los vecinos.

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Hablemos de Chicha Franco -->

Hablemos de Chicha Franco

La calle Delhez es corta y no tiene salida a ninguna otra arteria o callejón. Es un viejo refugio del Ensueño chacrense.

*Por Onelia Cobos

La última casa a la derecha es de troncos. Es de dos pisos y la madera nos recuerda a la casa del bosque de arrayanes de Walt Disney en la película “Fantasía”.

Allí vive Chicha. Vive en esa calle desde 1946 cuando dejando Agustín Roca, un pequeño pueblo en Junín de Bs As, se trasladó a vivir en Chacras.

Casada con Francisco Aníbal Franco, joyero y relojero del lugar desde entonces, se convirtió en la  inseparable compañera del cómplice metafísico del Tiempo en el Chacras de Ayer.

Chicha tiene 97 años. Sigue cosiendo como lo hizo siempre. Aún sin lentes cuando “levanta ruedos”. Su memoria intacta, su salud plena, la hacen parecer una persona sin Tiempo.

Sin embargo, en el rincón del living, un alto reloj de madera, impecable y mentiroso ha camuflado el transcurrir del devenir en las personas y el lugar.

Todo parece ayer cuando zorzales, teros, zorros, lechuzas, terneros, vacas, caballos y potrillos quedaron atrás en la pampa húmeda y se convirtieron en hijuelas, túneles verdes de arboledas regadas por acequias.

Chicha tiene tres hijas, Gladys, Betty, y Susana.

Susana, que vive al fondo de la casa de troncos, ha sabido integrar icónicamente el mundo de lagunas  con cisnes de cuello negro del origen familiar campero, con el milagro verde del oasis chacrense en el desierto. Las paredes de su casa muestran lazos, tientos, herraduras, arneses y las viejas herramientas del taller joyero de su papá.

El lugar se vuelve mágico  cuando el elegante reloj del living canta una armonía envolvente que corre al silencio. No hay melodía es un viaje a las estrellas y todo allí se deja llevar.

¿Sabrá Chicha que lo mágico del lugar la convierten en mágica también a ella?

Nota publicada en setiembre de 2018.

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Memorias del pueblo que fue -->

Memorias del pueblo que fue

Compartimos la primera parte de este relato que escribió Carlos Adduci sobre sus recuerdos de infancia en comunidad.

“Fui inmensamente feliz en Chacras”, fue mi respuesta cuando me preguntaron sobre mi infancia, y se me disparó la respuesta casi en forma inconsciente. Cierro los ojos y lo primero que llega en un tropel de recuerdos son risas, amigos, potrero, fútbol y cine. Puedo decir que conocí la felicidad. Cuando quiero ordenar en mi cabeza todo este caleidoscopio de imágenes, sensaciones y aromas, lo primero que aparece es la Plaza, que yo repetía -sin ponerme colorado-, que era una de las más lindas de Mendoza (a pesar de que casi no conocía ninguna otra).

Yo la veía como el patio grande de mi casa: estaba enfrente, cruzando la calle Italia, frente a la Iglesia, al oeste, el cine, el Memorias del pueblo que fue: “Fui inmensamente feliz” kiosco y la Telefónica. Hacia el sur la heladería y la Teresa O’Connor, mi escuela primaria; al este la policía, mi casa y el Registro Civil en la misma cuadra. Ahí en la Plaza ocurría casi todo: era el punto de llegada y partida para cualquier menester, ya fuera para ir de compras, al kiosco o encontrarse con un amigo. Desde allí chusmeábamos a los que iban a misa.

También desde la rotonda sabíamos qué chicas irían al cine. Mi plaza, también era el punto de concentración para ir al potrero, al partido o al lugar donde se juntaban los más grandes luego del trabajo. O para dar la vuelta del tonto al atardecer: a partir de las ocho había música (continuará)…

Carlos Adduci en primer plano en la puerta del cine Splendid (hoy salón Leonardo Favio) en el año 1971. También se puede ver a Miguel Agustín, Olaf Guldberg y al Cuni Giorlando, entre otros.

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