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Editorial: Día Internacional del Trabajador

¿Qué celebramos? El 1º de mayo se conmemora en casi todos los países del mundo el Día Internacional del trabajador en homenaje a los llamados Mártires de Chicago, un grupo de sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados en 1886. Estos obreros pedían una jornada laboral de 8 horas cuando lo habitual era trabajar 12 o 16 horas diarias. Los empresarios consideraron a este reclamo ‘como un delirio de lunáticos poco patriotas’. Los obreros iniciaron una huelga el 1º de mayo de 1886. En Heymarket, barrio de Chicago fueron ahorcados cinco manifestantes que reclamaban por sus derechos.

Eduardo Galeano en su escrito “La desmemoria” nos cuenta que“ninguna estatua se ha erigido en memoria de los mártires de Chicago en esa ciudad. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada”. El 1º de mayo es el único día verdaderamente universal de la humanidad entera donde coinciden todas las historias y todas las geografías, todas las lenguas y las religiones y las culturas del mundo; pero en los Estados Unidos, el 1º de mayo es un día cualquiera. “Ese día la gente trabaja normalmente y nadie, o casi nadie recuerda que los derechos de la clase obrera no han brotado de la oreja de una cabra, ni de la mano de Dios o del amo”.

Por lo dicho, el 1º de mayo no es un día de celebración. Debería ser un día de reflexión. El trabajo dignifica a la persona. Como ha recordado el Papa Francisco, “el trabajo no puede considerarse como una mercancía ni un mero instrumento en la cadena productiva de bienes y servicios, sino que al ser primordial para el desarrollo tiene preferencia sobre cualquier otro factor de producción, incluyendo el capital”.

Lamentablemente los dueños de las grandes empresas multinacionales nunca comprenderán esto. Por el contrario, parece que el capitalismo es como una enfermedad autoinmune. Necesita generar pobres para poder existir. Es necesario pagar lo menos posible al trabajador para que la empresa pueda seguir creciendo y multiplicándose. El trabajador deja de ser considerado como persona y solo es tratado como un engranaje más en la producción de riqueza.

El Papa Juan Pablo II señalaba que “el trabajo constituye uno de los grandes y fundamentales derechos inalienables del hombre porque le da vida, un significado”. Estas palabras nos hacen pensar en los que no tienen trabajo, que por cierto no son pocos en nuestro país. Padres que viven la angustia del día a día sin encontrar la manera de llevar el indispensable sustento a sus hijos.

Según algunos datos -no siempre confiables del todo-, cada diez argentinos hay más de un indigente. La indigencia significa subsistir, o tratar de sobrevivir con menos recursos de los mínimos indispensables. La frazada es extremadamente corta. Si compran la garrafa para cocinar no pueden comprar el alimento, si pagan la luz no pueden pagar el alquiler y así esta angustia parece que no terminará nunca… Una persona joven o un jubilado que no puede mantener dignamente un hogar termina sin encontrar un verdadero sentido a su existencia. Porque el trabajo honesto, cualquiera sea, dignifica al hombre.

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