Archivo | julio 6th, 2023

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El reconocimiento tardío al patriota argentino

Por Carlos Campana

El 20 de junio de 1820, en la ciudad de Buenos Aires, falleció Manuel Belgrano, uno de los más destacados patriotas en la historia de Argentina. Sin embargo, el creador de la bandera nacional, victorioso en diversas batallas, abogado, periodista y economista, no recibió el merecido reconocimiento en el momento de su muerte.

No fue hasta julio de 1821 que la Junta de Representantes de Buenos Aires decidió rendir homenaje a su memoria a través de una serie de actos conmemorativos.

Un adiós eterno

En una fría mañana del martes 20 de junio de 1820, en una habitación de la antigua casa de la calle Pirán -hoy avenida Belgrano 440- en la Ciudad de Buenos Aires, el general Manuel Belgrano falleció a las 7 en punto de la mañana. Rodeado de familiares y amigos, sus últimas palabras fueron: “¡Ay, Patria mía…!”.

Al mediodía, sus restos mortales fueron trasladados a una habitación en el templo de Santo Domingo, donde los médicos Joseph Redhead y John Sullivan realizaron la autopsia para que luego el cuerpo fuera embalsamado.

El destacado militar fue sepultado en una zona de ese templo sin ningún tipo de pompa ni honores militares. Una sencilla losa de mármol blanco, parte de la cubierta de una cómoda que había pertenecido a su madre, cubrió la tumba con la inscripción: “Aquí yace el general Belgrano”.

Solo unos pocos se enteraron de su fallecimiento, pero nadie le dio demasiada importancia debido a los dramáticos momentos que se vivían en las entonces Provincias Unidas del Sud.

Adversidades que afectaron a Belgrano

Desde 1819, las Provincias Unidas del Sud se encontraban sumidas en una profunda crisis política y militar, debido a que varias provincias estaban descontentas con el gobierno del director Supremo Juan Martín de Pueyrredón.

La situación empeoró cuando el 22 de abril de ese año, el Soberano Congreso Constituyente promulgó la primera Constitución totalmente centralista y unitaria.

El 25 de mayo, la mayoría de las provincias juraron la Constitución, excepto Entre Ríos, Santa Fe, la Banda Oriental y Corrientes, que se sublevaron.

La tensión se intensificó en junio de ese mismo año, cuando Pueyrredón renunció y el general José Rondeau asumió como nuevo director Supremo.

El malestar persistió, y el 1 de febrero de 1820 se produjo un enfrentamiento entre las tropas federales y las de Rondeau, que resultaron derrotadas en la batalla de Cepeda.

El gobierno de Buenos Aires quedó acéfalo y el brigadier Miguel Estanislao Soler se autoproclamó gobernador, disolviendo el Congreso General Constituyente, creado en 1816. Posteriormente, Soler renuncia, y en medio de estos acontecimientos, se concreta el “Tratado del Pilar” entre los federales y el gobierno porteño, por el que pasan, en poco tiempo, varios gobernadores.

El Cabildo como institución gubernamental, fue reemplazado en marzo de 1820 por la llamada Junta de Representantes, con Manuel de Sarratea como primer gobernador, pero su mandato fue breve y fue depuesto.

Luego, le sucedieron mandatarios como Ildefonso Ramos Mejía y Soler, quienes ocuparon el puesto por poco tiempo y también renunciaron.

Con un gobierno acéfalo, la Junta de Representantes de Buenos Aires designó el 26 de septiembre de ese año al coronel Martín Rodríguez como nuevo gobernador.

Rodríguez logró mantener el poder durante ese período, respaldado por hacendados, un grupo de militares destacados y gran parte de la alta sociedad porteña.

Esta elección generó una calma parcial en la mayoría del territorio de las entonces Provincias Unidas, lo que permitió que, un año después, algunos amigos del general Belgrano hicieran justicia al rendirle los honores fúnebres que le correspondían.

Justicia postergada

La Junta de Representantes, a través de sus miembros, votó a favor de realizar los honores fúnebres al general Manuel Belgrano el 29 de julio de 1821, como líder del Ejército del Alto Perú. Entre las acciones planificadas, la Junta se encargaría de cubrir los costos de una gran ceremonia en homenaje al patriota.

Asistieron al evento autoridades civiles y militares, como así también una gran cantidad de personas que se congregaron desde temprano en la Plaza de Mayo.

A las 9 de la mañana, el féretro del general Belgrano, previamente exhumado, se encontraba en su casa natal. Un grupo de militares de alto rango, incluyendo brigadieres y coroneles, trasladaron el ataúd seguido por las autoridades civiles y eclesiásticas que marchaban detrás, hasta la Catedral Metropolitana. En cada calle, el cortejo fúnebre se detenía para escuchar los discursos de un representante.

Las calles y los templos estaban engalanados con banderas y elementos fúnebres. Más de mil soldados de las milicias y del ejército regular formaban una fila a lo largo de la calle principal por donde pasaba el cortejo fúnebre. Mientras tanto, desde el fuerte de la ciudad, se disparaba una salva de artillería cada media hora en honor al vencedor de Salta y Tucumán. Además, las campanas de los templos de la ciudad sonaban solemnemente.

La procesión duró tres horas hasta llegar a la Catedral, decorada con velas, banderas y fusiles simbólicos cubiertos con crespones negros, donde una multitud esperaba para la misa en su memoria.

La ceremonia también incluyó música fúnebre y la homilía del presbítero José Valentín Gómez titulada “Elogio Fúnebre del benemérito ciudadano D. Manuel Belgrano”, que fue publicada ese mismo año por la Imprenta de los Niños Expósitos.

Posteriormente, el cortejo militar que llevaba los restos de Belgrano marchó hacia el templo de Santo Domingo, pero fue obstaculizado por un gran gentío que también quería rendir su propio homenaje al “creador de la bandera”. La procesión avanzaba lentamente mientras los músicos ejecutaban marchas fúnebres.

Cuando llegaron al templo dominico, el cadáver de Belgrano fue sepultado con gran pompa y en una emotiva ceremonia que concluyó a las 16 horas.

Finalmente, se había saldado así una deuda pendiente por parte del gobierno y de toda la sociedad con aquel hombre que había luchado para lograr una patria grande y unida.

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