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Economía solidaria y descentralización estatal

Por Domingo Godoy*

¿Pueden tener relación la descentralización y la economía social?  ¿Les conviene a los ciudadanos estar descentralizados?  ¿Estamos preparados para estar descentralizados?

A nuestro criterio, respondiendo estas dudas, se deben transformar nuestros Estados Nacionales, Provinciales y Municipales con procesos donde se permita garantizar: mejoramiento o alcance de una vida digna; desarrollo de la libertad a los ciudadanos; existencia de un Estado gestor del Bien Común, con gasto eficiente y eficaz; vigencia de la Subsidiariedad y la justa distribución de la riqueza y un tratamiento ético de las necesidades sociales.

En las órbitas inferiores del poder estatal, los argumentos para transformarse, surgen de la conveniencia de obtener la eficiencia administrativa por lograr soluciones al estar cerca de los problemas. La rapidez de las decisiones en estructuras burocráticas menos complejas y menos caras, se obtiene por el beneficio del actuar de las pequeñas instituciones socio-económicas privadas capaces de ejecutar dichas soluciones y mejorar los sistemas democráticos con legitimada representación.

En tal sentido, mayor descentralización, es favorecer eficaces y eficientes políticas públicas para el robustecimiento de las entidades económicas privadas: sociales, culturales, etc., las famosas organizaciones de la sociedad civil (OSC) con lo que se evitarían problemas de emigración a centros urbanos, vr.gr., acompañando el fortalecimiento de los municipios, por ejemplo.

“Que no haga el organismo superior lo que el inferior puede hacer”. Lo que ya Aristóteles aseveraba “mal hace el que hace por otro, lo que el otro puede hacer por si” … Opinamos que el tamaño del Estado lo puede dar y lo da, ese principio de Subsidiariedad. Más aún. La verdadera reestructuración del Estado, la que respeta las representatividades, las dignidades de los protagonistas, el control del gasto, las características regionales y los verdaderos intereses, pasa por la vigencia de ese postulado.

Estaría confundido quien tratara de aplicar ese principio de subsidiariedad, identificando como entidad menor a la familia y como entidad mayor al Estado. Dependiendo el ámbito -político, económico, social- existen innumerables entidades de distinto grado de complejidad, representatividad, interés, patrimonio o poder, ENTRE la familia y el Estado, sobre todo en el caso argentino. Están vivas y necesitan ser revividas.

Emplear este principio, supone tener o recrear el “tejido social”, el “entramado” de diferentes intereses que, organizadamente, traten sus temas en conexión con los del resto de la comunidad. Los extremos, el individualismo o el colectivismo, son los enemigos acérrimos de la aplicación de la subsidiaridad. La única forma de mitigar el rigorismo y dureza de una economía deshumanizada es aplicándolo. Así, los intereses comunes se afianzan y la solidaridad real -no solamente la declamada, la ejercida por convivir y participar en problemas comunes y semejantes- admite que los que están en peores condiciones encuentren apoyos concretos.

Podemos responder a la duda que, estamos preparados para descentralizar, si estamos prestando nuestra presencia y participación solidaria en las entidades intermedias, dentro del armazón social, en la riqueza del tercer sector. Así estamos maduros para encontrar una mayor eficiencia y eficacia de un equilibrado obrar estatal.

*Especialista en Economía Social

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