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Editorial: El Día de la Pachamama

El culto a la Pachamama existe desde hace miles de años, mucho antes que los primeros conquistadores españoles llegaran a América.

El término Pachamama está formado por dos palabras de origen quechua: ‘pacha’ significa universo, mundo, tiempo, lugar. Y ‘mama’, madre.

Las comunidades del noroeste argentino y de Chile, Bolivia, Perú y Ecuador celebran su día en un acto religioso en el que sus participantes se comprometen a comportarse como verdaderos huéspedes de esta tierra. A cambio piden buenas cosechas y protección para todos sus pobladores. Las tradiciones describen a la Pachamama como una mujer de baja estatura y de grandes pies. Madre de los hombres, a sus altares se los llama ‘apacheta’, montículos de piedra ubicados a los lados del camino. Toda la naturaleza es su templo.

Más allá de las diferentes formas en las que cada comunidad lleva adelante sus rituales, esta celebración es un acto de defensa de las creencias y cosmovisiones de los pueblos originarios y de sus historias ancestrales que unen al hombre con la tierra.

Las ceremonias son básicamente de dos tipos: en los hogares, con ofrendas y en la comunidad, donde es liderada por sacerdotes andinos o personas ancianas.

En las casas, la ceremonia comienza bien temprano con el ‘sahumado’ que es la limpieza de las habitaciones. La tradición dice que debe usarse la hierba muña muña, aunque también se utilizan otras y se debe sahumar tanto el hogar como los negocios y personas más cercanas para sacar las malas energías y comenzar un nuevo ciclo.

Luego llega la ‘corpachada’ en la que se depositan ofrendas en un hoyo cavado en la tierra para darle de comer y beber a la Madre Tierra, como guisos, locro, humita, papines y chicha. También se suele colocar el ‘llojke’ o ‘yoki’, un amuleto que consta de dos hebras de hilo blanco y negro. (Extraído del suplemento Tintero de Diario Los Andes, del 25/7/2021).

Esta primera parte, que como dijimos fue extraída de ese suplemento educativo, nos ilustra sobre la cosmovisión de los pueblos originarios de esta parte de América. Sin embargo, a gran parte de la actual población de Argentina se nos educó con otra cosmovisión: ‘somos dueños de la tierra’, este planeta nos pertenece y por lo tanto tenemos el derecho de usar de él.

Ya no somos simples huéspedes de la tierra que pisamos, somos sus dueños. Y como amos y señores podemos explotarla en nuestro beneficio. En lugar de agradecerle la humillamos. Nos creemos inteligentes y poderosos, pero somos profundamente ignorantes. Escupimos graciosamente al cielo sin medir las consecuencias.

Nuestra es la obra de mares contaminados por plásticos, de animales empetrolados condenados a morir. Somos los responsables del calentamiento global que está provocando diferentes catástrofes en diversos lugares del mundo, como inundaciones, sequías, derretimiento de glaciares, de las ciudades contaminadas donde ya casi es imposible respirar aire puro.

Estamos transitando un presente que, de no modificar nuestras acciones, se transformará en un futuro muy difícil de vivir para las próximas generaciones.

Respetemos a la Madre Tierra. Asumamos que no somos sus dueños sino simples huéspedes que estamos de paso.

Muchas veces la Pachamama se irrita y nos envía advertencias, como diciendo hasta cuándo durará nuestra ignorancia: dejen ya de escupir al cielo.

Nunca es demasiado tarde para empezar a vivir en armonía con nuestra Madre Tierra. Depende de cada uno de nosotros.

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