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La infancia de Leonardo Favio en Luján: “El Chiquito” y “Los insoportables”

Con el testimonio que en su momento obtuvo el periodista de dos de los integrantes de la banda de amigos del artista está escrito este artículo, que deja visualizar parte de la niñez de “El Chiquito”, como apodaron a Leonardo Favio. Nació en Las Catitas, Santa Rosa, y desde muy pequeño vivió con su mamá y su hermano en Luján de Cuyo.

Por José Félix Suárez – Especial para Correveidile

Cuando el 5 de noviembre de 2012 lo sorprendió la muerte a los 74 años, Leonardo Favio tenía la intención de filmar como director de la película “El mantel de hule”. Allí narra las vivencias de su infancia en Luján de Cuyo, donde se radicó desde muy pequeño junto a su madre Manuela Olivera, escritora de radioteatros, actriz y locutora, conocida como Laura Favio y su hermano Zuhair Jury, y donde transcurrió su niñez y adolescencia sin recibir nunca el amor de su padre, al que no conoció  y que falleció cuando él tenía 7 años.

El propio Favio, que había nacido en Las Catitas, departamento de Santa Rosa, el 28 de mayo de 1938, recordaba siempre con una expresiva sonrisa aquella inolvidable infancia, aunque alguna vez estuvo internado en un reformatorio de menores: “En Luján fui siempre un chico muy feliz porque no estaba preparado para la vida y porque pasé los momentos más cálidos y lindos de mi vida. Por eso cuando de noche no siento sueño y me cuesta dormir me refugio en aquellos  recuerdos, en mis entrañables amigos de entonces”.

Favio llamaba “la barra de los insoportables” a aquel grupo de adolescentes plenos de alegría y picardía que vivían de travesura en travesura y que nombraba con fiel memoria: su hermano Zuhair, “el Negro” que le decían;  su primo Cacho Tames, que de grande fue un reconocido sastre;  “el Negro Cacerola”, al que Leonardo apodaba con cariño “el Pibe Olla” y que no era otro que  Segundo Irrázabal; Carlos Luis Najurieta, “el Carlitos”; los hermanos Raúl y Carlos Di Marco, que bautizaron con su nombre la esquina de Lamadrid y Taboada donde vivió de niño; Francisco Brondo, “el Panchito”, que juntaba leña, cartones y diarios viejos para vender en la calle; Juan Bordón; “el Manco” Bastía; “el Coco” Cassia, y Santiago de la Rosa, “el Santiaguito”, un lisiado que se movilizaba en una silla de ruedas que aparece fugazmente arrastrando un carrito en una de las escenas de “Crónica de un niño solo” que Favio dirigió en 1965.

Aparece allí la antigua La Costa, la calle de su infancia, a la que amó eternamente y a la que reconocía como “mi tierra” -hoy Lamadrid- entonces de veredas altas, casas de adobe y desparejas acequias, en el llamado Bajo del departamento, a la que también se conocía como las Piraguas o Los Duraznitos, Leonardo recibía el apodo “El Chiquito”.

Testimonios

Así lo recordaba Don Carlos Luis Najurieta, “El Carlitos”, a quien Favio visitó por última vez sin saberlo, un Día del Amigo del 20 de julio de 2009, entonces muy quebrada su salud por los fuertes dolores que sufría por la polineuritis que había contraído a comienzos del 2000. Había sido homenajeado y declarado Ciudadano Ilustre en el Ángel Bustelo, estaba muy flaquito, tembloroso,  con su insustituible gorrito de lana en la cabeza para protegerse del frío que influía en su cuerpo, utilizaba un bastón para sostenerse de pie cuando dificultosamente se ponía de pie y se movilizaba en una silla de ruedas: “Para nosotros era “el Chiquito”, un pibe de gran corazón, de buenos sentimientos, lleno de bondad, muy generoso. No tenía maldad, no le hacía mal a nadie, cometía las travesuras de cualquier chico de su edad y para nosotros era muy de divertido. A veces salía a andar en bicicleta cubierto solo con una sábana y cuando la soltaba se quedaba completamente desnudo. Como la escuela donde íbamos era bastante oscura, él escondía los tapones y al quedarse sin luz ese día había que suspender las clases. Era el más chico y sin embargo se había convertido en el líder del grupo, en el cabecilla. Con el tiempo se convirtió en una persona famosa y jamás se olvidó de nosotros porque siempre venía a visitarnos”.

Don Carlos agregaba con mucha nostalgia: “Vivíamos en la calle, corríamos descalzos y cuando íbamos al río nos bañábamos desnudos en una especie de laguna que habíamos construido con gruesas piedras. Le atábamos las patas a los caballos, robábamos gallinas para después vender sus huevos y a veces nos comíamos nuestros buenos guisos. A la hora de la siesta no dejábamos  dormir a nadie, tocábamos el timbre de las casas y salíamos corriendo. Soñábamos con jugar al fútbol, llegar a la primera de Luján y los domingos que jugaba de local íbamos todos a la cancha.  Entrábamos gratis porque éramos amigos de Don Carrasco, el canchero, y en la cantina vendíamos  gaseosas y frutas. Después, en la semana, ayudábamos a limpiar las instalaciones y regar el césped. Cuando el canchero se enojaba por algo, “el Chiquito” lo convencía con estas palabras:  “Don Carrasco, no se olvide que yo soy un soldado de Evita”.

Otros recuerdos

El testimonio que en su momento también brindó Raúl Florencio Di Marco completa esta semblanza sobre la infancia de quien fuera un reconocido actor, director, guionista, compositor, productor y cantautor como Leonardo Favio: “Entre los 16 y los 18 años con “el Chiquito” y los demás vagos de la calle La Costa, frecuentábamos el bar “La Gruta Azul”, la confitería “La Porteña”  y la “Corpachona Pizza”, que se ubicaban cerca del edificio municipal. Pasábamos horas jugando al billar, hasta que una vez le prohibieron la entrada. Me acuerdo que le gustaba empilcharse de primera y como yo tenía un traje nuevo y muy bonito, una vez me lo pidió prestado y se fue a dar la vuelta al perro a la plaza de Luján, donde era muy gentil con las damas. Para nosotros también resultaba una fiesta comer pan casero, que siempre conseguíamos de algún lado. Yo lo visitaba en una casa que tenía un patio muy grande, con un hermoso jardín que cuidaba su tía Berta, donde se  entretenía mirando los picaflores. Él hacía zonceras, tonterías, chiquilinadas, y nosotros también”.

Recuerdos de aquel jovencito de pequeño porte, carita redonda, cachetes colorados, pelo corto y mirada inocente, que con su alma de líder se mezcló y lideró la llamada “Barra de los Insoportables” y al que apodaron “el  Chiquito”. Sin dudas uno de los personajes más famosos de la historia de Mendoza.

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