Archivo | diciembre 18th, 2020

Carta para Papá: A José Enrique Marianetti -->

Carta para Papá: A José Enrique Marianetti

El 15 de noviembre hubieses cumplido tus deseosos 90 años. TE EXTRAÑO. Pienso… Fuiste un hombre con tantos sinsabores, injusticias, certezas y alegrías. Al fin “UN HOMBRE NORMAL”. No hay día que no te recuerde. Como vos decías, preocupate cuando haya un mundial de fútbol, cuando traten de distraerte es porque detrás de eso, están haciendo otras cosas.

Fuiste un capo para mí, lleno de sabiduría que nos transmitías día a día. Nos hablabas sin darnos cuenta, de ciencia, política, cultura, arte, sexo y sobre todo de los valores reales de la vida. Siempre, como bicho raro, portabas tu traje con un moñito de decoración.

Era mi costumbre verte así, como también lo era verte escribir, pintar, cantar, salir a podar las rosas, lavar el auto, amar el verde, el silencio, quedarte absorto ante una gota de rocío en una rosa, admirar la labor de una abeja, contemplar el mar, relajarte con el sonido de la acequia, observar las constelaciones (cosa que me enseñaste de niña a la madrugada desde el techo de casa), disfrutar de una aurora y sobre todo entregarnos tu amor incondicional.

Nunca te gustó la rutina mundana, ni las inconsistencias intrascendentes del diario trajinar. Por eso tenías tu mundo especial. Creo que fuiste hecho de una pasta distinta, un poeta que sabía escuchar y al que le encantaba enseñar. Tu condición humana, como la de tu padre, permitía que te emocionaras con cosas que quizá los otros las dejaban pasar. Te entristecía ver una mirada hacia el abismo, unas manos agrietadas por un duro trabajo, un anciano sin esperanza después de jubilarse, un niño sin futuro y todas las problemáticas sociales que denotaban injusticia. Siempre nos dijiste que vivíamos en un sistema cruel. Sistema que nos aturde y no nos permite disfrutar de las cosas verdaderamente importantes que tenemos, como la familia, la naturaleza, el tiempo.

Como decías, papá, la “OLLA CUESTA”, y en eso a muchos se les va la vida, el alma, sin poder vivir plenamente, gozando el día a día.

Estás en cada cosa, en cada espacio, dejaste una huella muy especial.

ESTÉS DONDE ESTÉS, ¡FELIZ CUMPLEAÑOS PAPÁ!

María Victoria Marianetti.

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Crisis de cuidado: el cuidador “quemado” -->

Crisis de cuidado: el cuidador “quemado”

Las crisis de cuidado son definidas como un cambio brusco o una modificación importante en el desarrollo. Marcan la necesidad de abandonar modos de funcionamiento para adoptar otros más acordes a los requerimientos de la situación nueva.

Por Lic. Cecilia Ortiz*

Hay diferentes tipos de crisis, por supuesto. Algunas son previsibles y acotadas a un tiempo determinado, como cuando tenemos hijos. Sabemos que la crianza llevará un tiempo, pero en algún momento, los niños crecerán y dejarán de demandar.

Pero hay otras inesperadas, que nos toman por la espalda y no nos dan tiempo de prepararnos. Las crisis de cuidado entran en este apartado. Un accidente, una enfermedad, hacen que, de repente, un miembro del sistema se vuelva dependiente y arrastre a todos a reorganizarse para recobrar homeostasis.

Estas crisis son repentinas (aparecen de golpe), inesperadas o imprevistas (no pueden anticiparse), son masivas (afectan a muchas personas al mismo tiempo), requieren respuestas urgentes y pueden desembocar en mejoramiento o en empeoramiento de la situación.

La primera sensación es de caos. Las personas pueden sentir que la situación se les va de las manos, que pierden el control y que no saben cómo actuar o seguir.

Nuestro cerebro está hecho para adaptarnos al medio, pero cuando enfrenta una situación nueva y, obviamente, no sabe cómo actuar, como primer recurso gatilla señal de alarma. Es como si nos dijera: “¡Ojo! De ésta no sabemos cómo vamos a salir!”. El concomitante emocional es el miedo. Tenemos temor a lo que desconocemos, a las situaciones que nos enfrentan a lo incierto.

Y, como, justamente, las crisis de cuidado conllevan esa atemporalidad, ese “no se sabe hasta cuándo”, nos asustan, nos paralizan en un principio. La primera respuesta es hacer aquello que nos ha dado resultado antes. Y sabemos que cuidar es dedicarse.

Así es como los familiares directos del paciente, por lo general cónyuge, padres o hijos, comienzan a dejar de lado su vida para hacerse cargo de los cuidados, asumiendo el rol de “cuidador principal” y acarreando la “certeza” de que “nadie lo hará mejor que yo”. Puntapié inicial para que le cueste delegar su función y para que se hunda cada vez más en un mar de responsabilidades y preocupaciones. Es lo que se entiende como “cuidador quemado”.

Para el resto de los allegados, es la situación más cómoda. Nadie debe renunciar a nada, porque alguien ya lo hizo.

Los síntomas del síndrome del “cuidador quemado” son:

A nivel físico: Irritabilidad. Sensación de cansancio y agotamiento. Dificultad para dormir, concentrarse o recordar información importante. Molestias gástricas. Consumo excesivo de sustancias (alcohol, tabaco, tranquilizantes).

A nivel emocional: Cambios de humor y/o estado de ánimo. Descuido de propias necesidades (no ir al médico, por ejemplo). Dejar de lado actividades que provocan placer (como hobbies). Aislamiento social (deja de juntarse con amigos). Desmotivación, desinterés. Sentimientos crecientes de resentimiento. Tensión con el enfermo.

Es muy importante que el cuidador entienda que lo que siente es esperable ante la situación que le toca. Porque la culpa no se hace esperar, lo que suma angustia y ansiedad al cuadro.

El cuidador deberá aprender a delegar, tolerar que las cosas se hagan de otra manera y, por sobre todo, contar con una red de apoyo, que pueda no solamente contenerlo desde lo emocional sino también desde una estrategia de cuidados, en el que puedan organizarse “postas” para que todos puedan intercalar intervalos de cuidados con intervalos de tiempo personal.

Lo primordial frente a este tipo de crisis es pasar de la pregunta: “¿Por qué me pasó esto?” a “¿Para qué me está pasando esto?”, que posibilitará empezar a transitar el duelo y tomar un rol activo en la defensión de los propios intereses. Entender que para cuidar primero hay que cuidarse es fundamental.

Las crisis pasan y otras, seguro, van a surgir. Nuestro cerebro debe entrenarse lo suficiente para ser flexible a los cambios. Después de todo, como dijo Albert Einstein: “Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis, todo viento es caricia.”

*La autora es Neuropsicóloga y Magíster en Neurociencias.

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