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Pino Solanas: Con los puños llenos de poesía audiovisual

Su obra es indiscernible de su posicionamiento político, sus historias son impresiones poderosas de su forma de ver el mundo. Atemperar el fervor ideológico de su cine significa negar su esencia, casi su razón de ser.

Por Patricio Pina*

Las atribuladas desventuras de las pasiones argentinas tienden a establecer antinomias con triste facilidad. La arena política ha sido, casi desde nuestros orígenes, escenario pródigo para que la multiplicidad de miradas y sus consecuentes disensos deriven en posturas irreconciliables y bandos que le niegan cualquier rastro de racionalidad a quienes no piensan exactamente igual a ellos. Esta manera de entender la vida antepone su lógica maniquea a todo aspecto vital de nuestra sociedad, siendo el arte, sus obras y sus creadores, víctimas frecuentes de este peligroso espejo deformante.

Suele ser la democrática mano de la muerte la que (no siempre, claro) impone un manto de piedad y morigera los ángulos ríspidos de nuestros enconos. Recién allí, artistas con adscripción política evidente y sonora son observados a través de un nuevo prisma, donde las consideraciones ven atemperados sus rencores en favor de una mirada más templada y profunda. Solo así la dimensión artística termina alcanzando su justa relevancia.

Pero aquí Pino Solanas nos plantea un hermoso desafío. Su obra es indiscernible de su posicionamiento político, sus historias son impresiones poderosas de su forma de ver el mundo. Atemperar el fervor ideológico de su cine significa negar su esencia, casi su razón de ser. ¿Podemos valorar la dimensión estética de sus films sin reaccionar políticamente con/contra él? De ninguna manera. Su cine partía de convicciones viscerales y abominaba de la indiferencia.

En gran parte de las películas de Solanas, la intención explícita es conmovernos con las imágenes como razones rotundas para convencernos. En el manifiesto Hacia un Tercer Cine, escrito junto a Octavio Getino y publicado en octubre de 1969, deja en claro su necesidad de promover espectadores activos (alejándolos de dos cinematografías “previas”: el entretenimiento hollywoodense y el vanguardismo diletante europeo), dispuestos a articular sus ideas con las de su cine, narraciones que los interpelen e involucren en un accionar político liberador que, según los ojos de Pino, solo podía proveer el por entonces proscripto peronismo. El inmenso documental (por duración, por virtudes) La hora de los hornos y, ya trabajando desde la ficción, Los hijos de Fierro, son muestras excelsas de esta postura, con todo un bagaje audiovisual creativo y poderoso al servicio de sus convicciones. Bastan estas dos obras para otorgarle a Pino Solanas un sitial de privilegio en la historia de nuestro cine nacional.

Un reconocimiento “allende la grieta” es ubicable en sus dos películas de los ochenta: El exilio de Gardel y Sur, puestas en escena de una melancolía que no cede a pesar de los fervores democráticos, antídotos contra el olvido que encuentran en ambos films el punto justo de alegoría y estilización que en obras posteriores resultará fechado y redundante.

El nuevo siglo (con la agitada marejada política del 2001) revitalizará su pasión por el documental, retomando formas y contundencias propias del realismo soviético para escribir una crónica de nuestros tiempos, plagados de luchas y pesares, en una serie que inició Memorias del saqueo y que solo la muerte pudo cerrar. Ojalá el valor de su mirada, su compromiso político modelador de imágenes imborrables, pueda sortear los odios enceguecedores y asegurar la persistencia de su arte.

*Rector de la Escuela de Cine. Junto a Claudia Nazar llevan adelante un Taller de Cine, todos los sábados a las 17:30 hs., con los asistentes en casa mientras llega la vacuna…


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