Archivo | agosto 18th, 2020

Relato: De cuando los días perdieron sus nombres -->

Relato: De cuando los días perdieron sus nombres

Por María Rosa Bocchio*

Y los días de la semana no se desesperaron porque sabían muy bien que los números podrían protegernos, también proteger a las personas que estaban protegiéndonos. Y no les importó pasar a ser el día 1, el día 2… el día 3… o el 14… ¡o el que fuera!

Los días de la semana tuvieron la esperanza de que pronto recuperarían sus nombres, que el pánico y el caos pasarían a ser un recuerdo, que existiría un antes y un después de que el acontecimiento inesperado llamado COVID19 oprimiera al mundo.

Los días de la semana saben que durante un lunes muchos aprendieron a ayudar a sus hermanos. Que era martes cuando otros tantos descubrieron las emociones que atesoran los poemas y combatieron el miedo transitando por las páginas de un buen libro. Que un miércoles un padre jugó por primera vez a la bolita con sus hijos y que muchas madres amasaron pan con ellos. Que un jueves la gente tuvo tiempo para escuchar buena música. Que un viernes reunió familias que después de mucho tiempo volvieron a mirarse y a darse una tregua. Que un sábado encontró pensamientos  olvidados y que un domingo recuperó afectos postergados y esperanzas que parecían perdidas.

Y así, peregrinando con números, un día los días recuperaron sus nombres y los seres humanos… siguieron siendo humanos.

*La autora es quien coordina el taller literario de la Biblioteca Popular de Chacras de Coria “El cuartito azul”. Durante la cuarentena, el grupo reunido alrededor de las palabras trabajó desde su casa y produjo textos que iremos compartiendo en próximas ediciones.

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Anecdotario breve de un médico rural -->

Anecdotario breve de un médico rural

Una cuestión de náutica elemental, Por José Enrique Marianetti

La Segunda guerra mundial terminó a fines de 1945. El gobierno peronista declara la guerra al EJE (Alemania, Italia, Japón ) días antes de ese final.

Perdóneme, ocasional lector, comprendiéndome, por la escasa precisión en los datos, porque no estoy dando una lección de historia, sino usando alguno de sus datos, para dar sustento al ambiente en el que baso mi relato.

En aquellos trágicos pero esperanzados días, ocurre un hecho de repercusión mundial. Un submarino alemán es cercado en el río de la Plata. Ignoro por qué o tal vez lo supe y ya no lo recuerdo, pero, en concreto, bastantes marinos teutones vinieron a dar a Mendoza.

Recuerdo mis paseos adolescentes junto a mi padre, viniendo a Chacras de Coria o yendo a Luján de Cuyo, por el Carril San Martín, a la altura de Carrodilla, haber visto, casi sobre la calzada de la mano derecha, una especie de mástil blanco. “Aquí están los marinos alemanes del Graf Spee”, comentaba papá.

Veintitantos años después, ejerciendo la profesión en la Clínica Luján, junto al Dr. Amadeo A Freire, éste me dice,”Venga, Doctor, vamos a revisar a este marino, perteneciente al Graf Spee”, a lo que respondí afirmativamente.

Era ya un hombre mayor, de impactantes ojos azules y contextura atlética que había sufrido en una caída la fractura de la cabeza el fémur, y había que operarlo.

El Doctor Freire era un médico sabio, de aquellos que respetaron las enseñanzas de Hipócrates y Esculapio, y también al paciente. A
pesar de su fama de gruñón malhumorado, era un fino humorista de gran cultura, con quien compartimos muchas inquietudes literarias, operísticas y pictóricas.

Al pie de la cama del enfermo, en tono de broma Freire le pregunta al alemán: “¿Cuál es la pierna enferma, Hans? No vaya a ser que le operemos la sana”. Sin titubear, Hans respondió: “Depende desde donde me mire, doctor”. Ahora Ud. está en la proa y mi pierna enferma, la izquierda, coincide con su brazo derecho y ambos están a babor. Si Ud. se coloca en la popa (Cabecera de la cama), mi pierna izquierda coincidirá ahora con su brazo derecho también pero estaremos a estribor. Le queda claro”?

Recuerdo las carcajadas del querido colega, que quiso sorprender al alemán con una broma y recibió una respuesta inteligente, de irrefutable lógica, sin dudas insólita, en la que el viejo hombre de mar demostró no haber perdido ni su formación ni su brújula. Entre nosotros los médicos, esto es lo que llamamos orientación espacial. Nunca olvido esta anécdota con el Dr. Freire, siempre presente en mi recuerdo afectuoso.

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