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La educación en una encrucijada

Setiembre es paradójico: es el mes de la primavera, del estudiante, de la juventud y también tiene dos fechas que conmemoran a los maestros y a los profesores. El 11 en honor a  Domingo Faustino Sarmiento es el día del Maestro y el 17 el día del Profesor por  José Manuel Estrada. Dos grandes educadores argentinos.

Nadie duda de la importancia del rol de la educación pública en la historia de un país. Sin educación no hay futuro. La cuestión es cómo educa y para qué se educa.

Hay ciertos paradigmas indiscutibles. La primera educadora es la familia. El niño sólo transcurre cuatro horas diarias en la institución escolar, el resto del tiempo está en su casa, participando de alguna actividad educativa extra-escolar o simplemente en la calle. Sin embargo se espera que en esas cuatro horas de educación formal se consiga la formación integral de la persona a lo largo de su peregrinar por todo el sistema educativo.

La Escuela siempre fue conservadora, su misión fue preservar las creencias y valores vigentes en cada época. ¿Qué mejor institución que la Escuela que es obligatoria y tiene un “público cautivo” para mantener el ‘estatu quo’ vigente?

Ciertamente todas las reformas educativas siempre se producen luego de las transformaciones sociales; nunca antes. La Escuela pública acompaña a paso lento lo que la sociedad demanda. Las instituciones educativas de gestión privada tienen otra oferta educacional -aún respetando la currÍcula oficial-, que pretende captar las necesidades que la educación pública no satisface.

La realidad nos demuestra diariamente que nuestro sistema educativo hace agua por muchos pequeños, persistentes y antiguos “agujeritos”.

El problema tiene múltiples y entrelazadas causas. Lo que el Estado pretende y lo que el Estado brinda. No alcanza con buenas intenciones.

Un ciclo lectivo de no menos de 180 días hábiles. Supuestamente con estos días de clase alcanzaría para una buena educación escolar.

Generalmente nunca se cumple con este objetivo. ¿Por qué?

Desde hace años el ciclo lectivo comienza con un paro docente porque no acuerdan en paritarias el aumento salarial pretendido. Esto ya parece parte de una tradición mendocina, como la Fiesta de la Vendimia.

Luego, cuando ya empieza “normalmente” el ciclo lectivo ocurre otro fenómeno recurrente “faltan docentes”. Un maestro titular se enferma y conseguir a su reemplazante no es fácil -cualquier joven advierte que puede ganar más dinero que un maestro con menos responsabilidades-.

Como el salario es insuficiente muchos docentes -en su mayoría mujeres, madres y amas de casa- se ven en la necesidad de trabajar en doble turno. Deben atender a más de sesenta alumnos durante nueve horas diarias. No es fácil y sí comprensible que terminen enfermándose, sobre todo si ejercen en zonas rurales o urbano-marginales.

La calidad educativa no se garantiza con la cantidad de días estipulados en un calendario escolar que nunca se cumple.

Debemos pretender docentes bien formados profesionalmente, bien remunerados, de modo tal que no se sobrecarguen de trabajo porque esto atenta contra la merecida calidad educativa, que la Escuela no sea una mera guardería cuya misión es contener niños mientras sus padres trabajan…

Sería fantástico ver felices a los maestros no sólo el 11 de setiembre y a los estudiantes -en sus aulas- no sólo el 21 de setiembre. Y no como dice aquel viejo graffiti: “abandoné mi educación para asistir a la escuela”

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