Categoría | Vecinales

Génesis del recuerdo: Juana Ortiz de Marincovich

Todo pueblo se hace comunidad generando vecinos o pobladores comunicados entre sí formando la singular trama de humanos personajes.

Juana Ortiz ha sido la celadora de nuestra “Panchito Correas” por muchos años, tantos, que hace poco se jubiló trabajando allí.

Tiene 72 años. Y en su relato de memorias del lugar se desliza una pintoresca fenomenología del pasado, y a veces nos hace pensar que “el tiempo es muy curioso, a veces existe y otras veces no”.

La vemos aún caminar por las calles del pueblo y su presencia enciende nuestro recuerdo en la Escuela, donde su carácter afable y tierno hizo de los recreos, el descanso esperado con el café más soñado, preparado y servido con espíritu de servicio.

Juana había querido ser instrumentista, pero tuvo que abandonar la escuela en 4to grado para trabajar y ayudar en la casa.

La vida le guardaba, sin embargo, una larga tarea conectada con la medicina y fue el camino de cuidados que tuvo que brindar a su esposo, víctima de un ACV, siendo muy joven, que lo dejó postrado por mucho tiempo.

La dedicación total a esta tarea, sin quejas ni lamentaciones, no impidió el trabajo de medio día, sostenido, en la Escuela, año tras año.

La vida rural de sus padres, profundos conocedores del campo, le permitió acceder a diversos conocimientos médicos alternativos. Aprendió a curar el empacho, la culebrilla, la ojeadura, las verrugas y muchos otros desórdenes físicos.

Anécdotas sencillas se acumulan  en su contar, como las del 24 de junio, día de San Juan, cuando corre agua bendita por las acequias, según la fe de la gente de campo y todos se lavan la cara y las manos con el líquido sagrado.

Ese día también, se le pega con un cinturón a las plantas que  se han vuelto perezosas para florecer y a los frutales que no quieren dar frutos y el milagro se produce, nos relata.

Recuerda que cuando la vieja y primera Escuela funcionaba en calle Mitre, el patio de la misma,  soportó un ruidoso hundimiento del pozo séptico, sin ninguna consecuencia afortunadamente para el personal y alumnos, mientras pericotes paseantes por los troncos de los árboles huían asustados.

Aparece el tiempo en el que sus padres llegaron a Chacras, al pedemonte, después de tener que quemar los propios muebles para calentarse por la pobreza existente en Las Carretas, donde intentaron vivir.

Al hablar con ella sentimos que estamos frente alguien invencible, frente a quien no se rinde ante los avatares de la vida y que pertenece a la vez a un tiempo que no se perdió del todo, cuando Chacras era una certeza, una seguridad, lo permanente.

Su palabra aquietó y consoló a muchos jóvenes profesores angustiados por la prisa de los tiempos nuevos mientras trabajó en la Escuela.

Los alumnos también la sintieron madraza en muchas ocasiones.

Y hoy la sentimos como sentimos a los ligustros en noviembre, junto a las retamas inundando las calles desiertas con aromas dulces, calles sin gente en las tempranas mañanas, como parte del suelo que habitamos.

Sí, Juana pertenece al tiempo cuando la muerte no era injusta y no se llevaba a los vecinos sin pedir permiso, tan sólo corría un ciclo de vidas hacia adelante,  al tiempo cuando escuchábamos la oscuridad y creíamos estar seguros de todo.

                                                                                                                      Onelia Cobos

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