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Borges y el lenguaje autopoiético

Por Nicolás Sosa Baccarelli

El lenguaje es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia  del mundo.

J.L.B.

“Palpamos un redondel, vemos un montoncito de luz color de madrugada, un cosquilleo nos alegra la boca, y sentimos que esas tres cosas heterogéneas son una sola y que se llama naranja”. La lucidez de la observación y  esa insuperable referencia al cítrico, pertenece a un libro de Borges que él mismo repudió e intentó desterrar para siempre de sus obras completas. Estas líneas –entras otras miles ajenas y digamos… más serias-  son la prueba de su fracaso. La obra se titula El tamaño de mi esperanza y pertenece a un joven Borges que aborda gustoso y muy criollamente –el adverbio le hubiese disgustado-  algunos de los temas que su mocedad prefirió y que su adultez se encargó de revisar y de reescribir ya con el adverbio atenuado.

En dicha obra, y dentro de una página titulada  Palabrería para versos, Borges evalúa una comparación ensayada por otro escritor entre la lengua española y el francés. Según el autor que referencia, la Real Academia Española tenía registradas –al tiempo de redacción del libro que comentamos: 1926- casi sesenta mil palabras, mientras que las del correspondiente diccionario francés eran treinta y un mil solamente. Así daría la impresión de que el hispanoparlante contaría con 29.000 representaciones más que un francés. Pero… ¿acaso la superioridad numérica de un idioma indica necesariamente una superioridad mental o representativa? Borges desecha esta hipótesis y adhiere a otra, claramente contraria. Cree en la riqueza del castellano, pero juzga que no hemos de guardarla en haragana inmovilidad, sino multiplicarla “hasta lo infinito”.  Pasemos a explicar cómo podría ser esto cierto.

En vez de decir frío, filoso, hiriente, inquebrantable, brillador, puntiagudo, decimos puñal; y al alejamiento de sol y profesión de sombra decimos atardecer. De esta manera, insinúa el vecino de Palermo, podemos comprobar que todo sustantivo es abreviatura.  Asimismo, pienso,  podemos imaginar cómo surgieron algunas palabras,  afónicas y balbuceantes, en la boca del hombre prehistórico.  Pero detengámonos a pensar algo por demás curioso. Podríamos  extender al infinito la idea de infinito si tenemos en cuenta, primero, la ambigüedad de las palabras,  y luego un uso exclusivamente humano del lenguaje: la metáfora. (Tengo la sospecha de que algún día se descubrirá que la metáfora es la única diferencia que nos separa del resto de los animales) Así, con ambigüedades y metáforas podemos multiplicar constantemente por dos o tres ese mismísimo infinito. Esta idea de la multiplicación literal del infinito, desde el punto de vista matemático, puede resultar un absurdo.  Desde un ángulo literario, también lo es… pero es una metáfora. De todas maneras, qué son los números 3, 7, 0.8 o 24 sino un manojo de metáforas?

El término autopoiesis (derivado del griego autos- poiein: auto-producir) designa el proceso por el que un sistema se auto-produce y auto-reproduce y ha sido introducido en la discusión teórica por los biólogos chilenos Maturana y Varela. Tuvo su renombrado empleo en las ciencias sociales por Luhmann. Recientemente ha tenido una aplicación en el derecho penal, de la mano de un jurista mendocino y amigo, el Dr. Carlos Parma, un conocedor de Luhmann y de Borges.

Si acotáramos el proceso de auto-generación del lenguaje a una mera “autoreferencialidad”, ya se hubiese extinguido. Somos nosotros, los usuarios, los que alimentamos esa auto-producción, pues estamos “dentro” del lenguaje y, al mismo tiempo, somos productos de él. Así es como, podría haber propuesto Borges si hubiese sido chacrense,  a ese círculo abrazado por Viamonte y Mazzolari, poblado de plantas, con mástil, Iglesia y Escuela, podríamos llamarlo plaza cuando lo alumbra la mañana y lo atraviesan palomas madrugadoras y chicos presurosos; y designarlo con otro sustantivo cuando es la luz de la tardecita la que lo acaricia, y sus bancos se pueblan de primeros besos o de caricias últimas. Y deberíamos utilizar otro sustantivo cuando las glicinas florecen y brota el agua de la fuente, y otro -que usaríamos muy poco- cuando se cubre de blanco. Y así tendríamos una infinidad de palabras que designarían  “una misma cosa” que, claro está, no sería la misma. Cuando una flor perfuma o se marchita, cuando UNA palabra en algún punto recóndito, se pronuncia así sea en secreto, el mundo ya no es el mismo.

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