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Editorial: Paisajes cambiantes -->

Editorial: Paisajes cambiantes

Llevamos ciento cincuenta días desde el primer DNU del presidente Fernández, que decidía la cuarentena y el encierro obligatorio cada 15 días. Ciento cincuenta días que ya están agotando muchas paciencias. Sobre todo por las informaciones poco claras y hasta contradictorias que recibimos diariamente. Desde el gobierno nacional prefieren no mencionar más la palabra cuarentena porque obviamente hace referencia a ‘cuarenta’ y no a ciento cincuenta días. Cada quince días nos agregan otros quince y así vamos…

Ya estamos resignados a convivir con el virus. Le atribuimos cualidades humanas como la inteligencia y otras capacidades estratégicas. Escuchamos a diario en publicidades frases como “el virus te testea a vos” o “el virus te busca”. En fin. Si seguimos así, lo tendremos como mascota en cada hogar argentino.

Los paisajes del mundo fueron cambiando. Desde las urbes más grandes hasta la de los pequeños pueblos. Durante la primera etapa vimos que los animales de algún modo festejaban el encierro de los humanos y volvieron a vagar libremente en territorios antes prohibidos. Poco a poco, a medida que sospechábamos que el peligro cesaba, se fueron devolviendo algunas libertades restringidas.

Sobre todo en países europeos, donde ahora gozan del calor veraniego. Pero el inteligente virus se les aparece nuevamente. Como quien juega a las escondidas o a la mancha. Pareciera que el juego lo va ganando el Covid.

En el país, donde algunas provincias llevaban más de 100 días sin contagios, hoy se ven sorprendidas por la cantidad de enfermos. Valga como ejemplo Jujuy. Otras jurisdicciones como Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires están en una situación más crítica.

En nuestra provincia estamos transitando otra etapa: el distanciamiento social obligatorio. Ya todo sabemos de qué se trata. El paisaje mendocino también cambió desde marzo hasta hoy. No sólo porque acabó el otoño y llegó el invierno, sino también por muchos factores humanos.

De los desoladores primeros días del encierro casi total hasta hoy, sucedieron muchas cosas. Cada uno sabrá cómo varió su estado de humor, la relación con sus hijos o esposa, su relación con los amigos o en sus trabajos. Y también cómo cambió su economía hogareña con el aumento de precios y la falta de trabajo. Sólo un dato de la situación económica de Mendoza: 200 cafés y restaurantes cerraron.

En Chacras de Coria no hemos advertido demasiados cambios en cuanto a la actividad comercial. Abrió un nuevo comercio en el local de la vieja panadería Los Andes que había cerrado antes de la pandemia. Cerró la librería en calle Aguinaga y ahora funciona otro emprendimiento. Claro que los hoteles de la zona permanecen cerrados o con mínimo trabajo. Algunos tuvieron que reinventarse y crecieron los delivery. Pero la mayoría de los tradicionales e importantes comercios siguen trabajando.

Tal vez lo más notable del cambio de nuestro paisaje sea el cierre de las escuelas. Ya no vemos niños ni adolescentes a las tradicionales horas de entrada y salida. La esquina de Viamonte y Aguinaga está un poco desamparada de infancias bulliciosas y felices a la salida de sus turnos. La Plaza dejó de albergar a jóvenes que esperaban entrar a la ’Panchito’ o a las maestras charlando con los padres en la puerta del cole.

Así estamos. Como cada uno puede. Y ahora con la esperanza de la vacuna en el 2021. Esperemos que sea cierto y no como dice la canción: ‘mitad verdad, mitad mentira como esperanza a los pobres prometida’.

Foto: La Voz

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Editorial: Responsabilidad Social -->

Editorial: Responsabilidad Social

Hace poco más de tres meses, a fines de febrero, los mendocinos y argentinos en general, escuchábamos hablar de una pandemia originada en China que luego se fue extendiendo por Europa.

Seguramente para la mayoría se trataba de algo exótico, que sólo le ocurría a los chinos y los europeos. Algo tan lejano en tiempo y espacio que era imposible que llegara a nuestra patria. Muchos chistes y bromas en tono de burla comenzaron a invadir las redes sociales. El mal ya tenía nombre y apellido: coronavirus o Covid-19.

La incredulidad argentina iba a durar poco. A principios de marzo, un poco tímidamente, autoridades informaban de algunos posibles casos de contagio en Argentina provocados por personas que regresaban del exterior. Nadie sabía, a ciencia cierta, de qué se trataba este virus ni las verdaderas consecuencias que conllevaba.

Al comienzo las autoridades minimizaron la gravedad de la situación. Nos dijeron que la gripe era más mortal, que en todo caso los servicios sanitarios estaban lo suficientemente preparados para afrontar una probable epidemia. Mientras, la OMS declaraba al Covid-19 como pandemia.

Comenzamos a tener miedo: estaba muriendo gente atacada por este enemigo invisible. A muchos los invadió una especie de paranoia y como si temieran un inmediato apocalipsis, invadieron supermercados para llevarse más de lo necesario. Ni en las fiestas de fin de año vendieron tanto los súper. Y como no podía ser de otro modo en nuestro país, surgió esplendorosamente la ‘viveza criolla’. Precios disparatados para el alcohol en gel, los barbijos pasaron a ser un artículo de lujo por su costo, etcétera. En fin, todos sufrimos esta realidad.

En Mendoza la situación no era tan alarmante como en algunas otras provincias. Nuestras autoridades, a nuestro parecer, con buen tino, pasaron paulatinamente de las restricciones totales a ciertas libertades o ‘permisos’. Cada vez que el gobernador anunciaba un nuevo avance en la flexibilización, nos recalcaba que si no éramos responsables en las pautas o protocolos dados se iba a dar marcha atrás.

Tal vez, una de las medidas que más deseábamos era la de poder reunirnos con la familia y amigos. Ciertos días y en grupos no mayores de 10 personas.

Muchos no entendieron claramente la consigna y nos perjudicaron a todos. Esos pocos carentes de conciencia social, tal vez hayan pensado que eran seres exceptuados del contagio o incapaces de contagiar a otros. Organizaron fiestas clandestinas con más de 100 personas sin respetar el aislamiento social. En varios departamentos sucedió esto.

Más allá de las sanciones previstas para los infractores está el daño que nos causan a todos. No sólo por la cantidad de posibles e incontrolables contagios que puedan causar, sino porque nos hacen retroceder. Ahora solo nos podemos juntar con la familia los domingos. Se declaró a Mendoza en alerta sanitaria y limitan la circulación. Esto es lo que consiguieron los inconscientes. Está bien, aunque nos duela. Tuvimos esta semana un récord de contagiados en Mendoza y cualquiera de nosotros puede ser uno de ellos. La última cifra publicada nos informa que en el país hay más de 83.426 infectados y 1.644 muertos.

Si seguimos sin respetar las normas iremos retrocediendo en lugar de avanzar. De nosotros depende.

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Editorial: ¿Volveremos a la normalidad? -->

Editorial: ¿Volveremos a la normalidad?

En Mendoza estamos disfrutando cierta flexibilización desde los últimos días. Nos dieron ‘permiso’ para visitar a la familia los sábados y domingos hasta las 23 hs. Abrieron algunos bares y cafés. Todo con protocolo muy estudiado y por ahora, respetado.

Seguramente al reencontrarnos con nuestros hermanos, sobrinos, padres y cuñados soltamos el barbijo y nos besamos y abrazamos como Dios manda y no el protocolo. Para muchos fue el comienzo de una liberación luego de tantos días de aislamiento, encierro y ausencias. Sentíamos con ansias volver al beso y los abrazos de los seres queridos. Algo tan normal, elemental y rutinario que de pronto nos fue vedado y por eso mismo era más anhelado aún.

La pregunta recurrente y sin respuesta es: ¿Cuándo volveremos a la normalidad? A la vida que llevábamos casi sin darnos cuenta y que la pandemia trastocó, algunos dicen que para siempre, que de ésta saldremos más empáticos y solidarios, que ya nunca volveremos a ser los que fuimos…

El Covid ha marcado un antes y un después. Como el nacimiento de Cristo que marcó la historia en A.C. y D.C. Tal vez algún historiador se anime a dividir a nuestra época en antes del Covid y después del Covid (A.C; D.C.)

Esta pandemia nos está mostrando muchas imágenes incontrastables difundidas a través de los medios. Vimos el cielo diáfano de nuestra ciudad, el monte Everest desde la llanura, gansos cruzando la Avenida Libertador, en Buenos Aires, sin ser molestados, y muchos otros animales acampando a sus anchas en diversas ciudades del mundo; el calentamiento global disminuyó y respiramos aire más puro…

El hombre se encierra y la naturaleza empieza a recuperarse. Es para pensar.

Todas las sociedades del mundo tienen una alfombra donde esconder lo que no quieren mostrar. Bajo ese tapete van ocultando o negando lo que lo les conviene ser a la vista de todo el mundo. Cada país reniega de realidades que no supo o nunca le interesó resolver definitivamente, pero están latentes bajo el tapete. Y esta pandemia levantó muchas alfombras y comenzó a mostrar al mundo esas existencias negadas.

En E.E.U.U esta semana volvió a la luz el ancestral racismo. El pueblo afroamericano vivió 200 años de esclavitud bajo el imperio británico y 100 bajo el imperio de los Estados Unidos hasta la guerra de secesión que supuestamente acabó con la esclavitud. Y 50 años para tener un presidente negro. Hoy vemos que el racismo siempre estuvo escondido bajo el tapete. Bastó que un policía blanco asesinara a un joven negro…

En nuestro país la pobreza y la marginalidad absoluta nunca fueron tema de la agenda prioritaria de ningún gobierno. Hasta que la pandemia nos empezó a mostrar lo escondido. En el Gran Buenos Aires aparecen más y más casos de infectados por el Covid. La televisión muestra en Villa Azul, doce personas viviendo en una casa precaria, sin agua potable, sin cloacas, sin alimentos ni recursos para obtenerlos. ¿Nadie sabía de esta realidad antes del Covid?

Nuestra normalidad, la de los que tenemos trabajo, un hogar decente y recursos para alimentarnos no es la misma ‘normalidad’ de todos.

¿A qué normalidad queremos volver?

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Editorial: Docentes, siempre indispensables -->

Editorial: Docentes, siempre indispensables

La pandemia y el encierro ‘voluntario’ nos cambió la vida repentinamente. Todo lo que hacíamos en forma habitual y casi sin darnos cuenta, hoy tiene mil complicaciones. Este abrupto cambio nos ha obligado a adaptarnos a nuevas formas de comportamiento dentro y fuera de nuestros hogares. Se cerraron todas las instituciones educativas. Desde jardines maternales hasta las universidades, tanto públicas como privadas. Los niños y los jóvenes vieron interrumpida su rutina. Pero la educación debe continuar, mal o bien. La única solución posible es hacerlo a distancia, vía internet.

Todas las autoridades, no solo las educativas sino las administrativas de cualquier ramo, parten del supuesto de que internet es algo tan común y habitual como el aire que respiramos. Y como nada se puede hacer en forma personal debemos pagar impuestos y servicios vía on-line. Todo se resuelve, supuestamente, con un sencillo clic en el teclado.

Los docentes, los alumnos y sus padres se han involucrado como han podido para que el sistema educativo siga funcionando. Para que cada estudiante pueda seguir con sus aprendizajes. Los padres delegaban gran parte de la tarea educativa a la escuela. Hoy se encuentran con sus hijos en casa tratando de colaborar con ellos en sus tareas. Entonces advierten algunos problemas, como la indisciplina, la dispersión o la falta de ganas.

Por otra parte, no todas las familias tienen telefonía celular. Algunas cuentan con un solo teléfono en la casa, muchas veces obsoleto, que debe ser compartido por todos los chicos para recibir y realizar sus tareas. No es sencillo.

Alejandra, una profesora de Lengua de nivel medio -muy comprometida con su labor- nos comentó algunas de sus vivencias desde que comenzó la educación a distancia. Lo primero que destacó es la falta de conectividad. No todos los hogares tienen acceso a ella. Esto es una dificultad. Algunos padres han pedido un poco de tiempo, porque deben comprar un paquete de internet para que sus hijos hagan las tareas.

Sin bien los jóvenes que hacen uso del celular están habituados, no están alfabetizados digitalmente. Usan el teléfono como entretenimiento. No saben usar un determinado programa o mandar un correo por mail.

Por otra parte, la realidad de los docentes de escuelas secundarias es distinta a los de primaria. Un maestro con doble jornada atiende dos cursos. Un profesor de secundaria debe trabajar en varias escuelas, distintos cursos y espacios curriculares.

Alejandra tiene 220 alumnos. A veces recibe mensajes de WhatsApp a las dos de la mañana. Muchas veces sin nombre y sin aclarar de qué curso. Ahora los estudiantes pueden sacar fotos de sus tareas y enviarlas al docente. Muchas le llegan escritas con lápiz, con caligrafía difícil de entender…

El otro tema es que el docente debe hacer un seguimiento de cada alumno, realizar la devolución con las correcciones una por una y esperar que le respondan.

Estas son algunas de las reflexiones que nos hizo llegar esta docente Y para terminar agregó: “Nosotros ponemos todo el empeño al igual que la mayoría de los chicos. Pero la presencia del docente en el aula es irreemplazable. Un gesto, una sonrisa oportuna, colocar la mano sobre el papel al lado del alumno para guiarlo… eso no se puede sustituir. Demostrarle afecto y el reto oportuno. Compartir vivencialmente la tarea de enseñanza – aprendizaje no se logrará jamás con un teléfono o una computadora”.

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Editorial: Ser y Tener (segunda parte) -->

Editorial: Ser y Tener (segunda parte)

En la primera parte (ver el número pasado), dejamos planteada una reflexión sobre el sentido que le damos a nuestra existencia sabiéndonos mortales. Cada ser humano goza del libre albedrío que le permite hacer según su buen parecer. Cada persona va construyendo su propio camino. ¿En busca de qué? Casi todo el mundo nos diría que lo que busca, lo que verdaderamente desea es ser feliz. Ahora bien, la cuestión es que cada cual busca la felicidad de distintas maneras.

Aristóteles, en el libro Z de su metafísica, trata el tema en profundidad. Como su razonamiento es bastante complejo haremos el esfuerzo de simplificarlo, aunque no de dar soluciones para ser felices. La primera idea importante es no buscar la felicidad (el sentido último de nuestra existencia) en cosas que, o bien nos las pueden arrebatar o bien las podríamos perder. Algunos confunden felicidad con alegría. La primera debería ser un estado permanente de nuestro ser, la segunda es siempre pasajera. La alegría casi siempre es momentánea. Nos alegra recibir una buena noticia, o encontrarnos con alguien querido que habíamos perdido de vista… En fin, este grato momento pasa rápido y luego continuamos con nuestra rutina.

En cambio, la felicidad debe ser un estado de ánimo permanente, que no esté dependiendo de circunstancias ajenas a nosotros. Algunas personas se empeñan con afán en tener ‘el auto de sus sueños’. Imaginemos que, con un poco de suerte, lo consigan. Encontró lo que tanto deseaba. Por ello lo cuida como al bien más preciado. Pasea en él orgulloso, mostrando su mejor sonrisa y deseando que muchas miradas se posen en él. Gasta mucho dinero en patentes, seguros, cochera… Pero un mal día, su felicidad (el automóvil) puede ser sustraído o sufrir un accidente o cualquier otra contingencia. Entonces se siente el ser más desdichado del universo. Ya no se siente feliz, piensa que todo su empeño fue vano y que volverá a tener que empezar de cero para reconstruir su felicidad.

Otros piensan que deben progresar. Tener una casa llena de confort. Y se desviven para lograr ese anhelo que los hará felices. Se dedican tanto a ello, que, sin darse cuenta, trabajan mucho más tiempo, descuidan a sus familias, no descansan lo suficiente, el mal humor se les hace algo cotidiano. Volvamos a suponer que después de tanto empeño logra poseer la casa soñada. La protege con rejas, con cámaras de seguridad, con carísimos seguros… Pero ya sabemos que en cualquier vivienda todo puede pasar. Lo peor sería un incendio y la destrucción total del inmueble. Se esfumó la felicidad.

Según el evangelio de San Mateo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban…” No nos desvivamos persiguiendo cada vez más bienes materiales. Eso no es progresar, es simplemente tener más. Y nuestra felicidad no puede estar pendiente de algo que podemos perder de un momento a otro. Los griegos antiguos (filósofos de distintas corrientes) llamaban ‘ataraxia’ a la disposición de ánimo, gracias a la cual una persona, mediante la disminución de deseos que puedan alterar el equilibrio mental y corporal, y la fortaleza frente a la adversidad, alcanza dicho equilibrio y finalmente la felicidad, que es el fin de nuestra existencia.

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Editorial: Ser y Tener (Primera parte) -->

Editorial: Ser y Tener (Primera parte)

El ser humano es el único animal del planeta dotado de razón y conciencia. Por ello, también, es el único que sabe fehacientemente que la muerte es su destino final. Desde pequeños sabemos que no somos perpetuos y que vamos a morir, aunque no sepamos nunca cuándo ni de qué modo.

Este sabernos seres finitos, con principio y fin, ha sido tema de muchísimas obras filosóficas. La muerte como presencia no deseada y, a la vez, como destino final, ha inspirado a muchísimos autores a preguntarse por el sentido de la vida.

¿Cuál sería el mejor proceder en este tránsito hacia la nada? Las religiones nos traen consuelo con una vida después de la muerte. La vida eterna, en algunos casos, o la reencarnación, en otros. Para ello debemos cumplir ciertas normas de conducta o mandamientos que aseguren nuestro paso a una vida mejor.

A todos nosotros, alguna vez, se nos vino encima la pregunta: “¿Cuántos años viviré?” Es un dilema simultáneamente terrible y fantástico, cuya única respuesta es la incertidumbre. Para atemperar un poco esta angustia hemos construido lo que se llama “esperanza de vida”. Se define a ésta como a la cantidad de años que un recién nacido puede llegar a vivir si los patrones de mortalidad por edades que predominan en el momento de su nacimiento, se mantuvieran invariables a lo largo de toda su vida.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) en nuestro país esa expectativa se acerca a poco más de 76 años (los datos van cambiando y se espera que en pocos años más, lleguemos a los 83 -en el 2040-). Las mujeres más longevas son japonesas con una esperanza de vida de 86,8 años. Mientras que la población de Sierra Leona, en África, es la más baja de todo el planeta, de 50,8 años.

Supongamos que en Argentina una persona comience su vida “productiva” a los 18 años. Consigue alguna ocupación remunerada y empieza a labrarse “un futuro”. Consigue un trabajo. A cambio de su esfuerzo le dan dinero, que es el bien de cambio que todos usamos. Algunos reciben más y otros mucho menos. Pero no trabajamos solamente por el dinero. Aristóteles, hablando del tema, nos enseñó que el fin último del trabajo es el descanso.

La cuestión que sometemos a la reflexión es la siguiente: ¿Qué futuro queremos forjar antes de que la muerte nos sorprenda? Aquí cada cual y por su libre albedrío tomará las decisiones que considere mejores. Seguramente, la primera es satisfacer las necesidades básicas: vivienda, salud, educación, alimentación, protección y recreación. (Nada sencillo en la Argentina de hoy). Sigamos suponiendo que una vez logrado esto ya tenemos cierta estabilidad y algo de tranquilidad. ¿Y ahora? Algunos deciden por el tener y otros por el ser.

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Editorial: ¡Adiós 2019, bienvenido 2020 -->

Editorial: ¡Adiós 2019, bienvenido 2020

¿Cómo se atreven? “Mi mensaje es que los estaremos vigilando. Todo está mal. Yo no debería estar aquí arriba. Debería estar de vuelta en la escuela, al otro lado del Océano. Sin embargo, ustedes vienen a nosotros, los jóvenes en busca de esperanza. ¿Cómo se atreven? Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y, sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos al comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y de cuentos de hadas de crecimiento económico eterno ¿cómo se atreven? Nos está fallando. Pero los jóvenes están empezando a entender su traición. Y si eligen fallarnos, nunca se los perdonaremos”.

Con estas palabras, Greta Thunberg, una joven sueca de 16 años, se dirigió a los, aproximadamente, 60 líderes mundiales, que asistían a la Cumbre de Acción Climática convocada por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres.

Según la revista Times, Greta Thunberg es una de las jóvenes más influyente del planeta. Hace poco, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, la trató de ‘mocosa’ y el presidente de los EEUU, Donald Trump, prefiere ningunearla.

Elegimos este párrafo del discurso de la joven sueca como disparador para reflexionar sobre algunos sucesos importantes del 2019.

Los adultos y adultos mayores, por nuestra experiencia de vida, deberíamos ser mucho más conscientes de nuestros actos y decisiones que los jóvenes que se están formando. Pero la realidad nos demuestra lo contrario. Mientras a los adultos nos gobiernan con lemas y planes económicos que solo apuntan a obtener ganancias sin mirar cuánto y de qué manera esos proyectos, a la larga nos terminarán hundiendo a todos, los jóvenes se movilizan reclamando justicia y dignidad.

En Chile las protestas y reclamos las iniciaron los estudiantes, sin liderazgo cierto, sin gremialistas ni prepotencias. El presidente Piñeyra los ignoró. Pensó que a esos muchachos revoltosos los ‘calmaría’ sacando en ejercito a la calle. A la vista está que se equivocó. Obligado y, contradiciendo sus convicciones íntimas, se vio obligado a llamar a un plebiscito para reformar la constitución pinochetista.

Cada vez menos la gente tolera las injusticias y las marcadas desigualdades sociales.

Los argentinos somos seres especiales. Hace pocos días una multitud acudió a la Plaza de Mayo para despedir al presidente que se retiraba. El mismo que dijo en campaña que la inflación era el problema más fácil de resolver y, además, que juzgaran a su gestión por el nivel de pobreza. En Mendoza la inflación durante estos cuatro años llegó al 300% y hay muchos más pobres que antes.

Nos asombramos de algo que debería ser natural en un régimen democrático: que un presidente no peronista termine su mandato. Pero nos acostumbramos a que todos los días los precios aumenten, a que los salarios cada vez rindan menos, a que maten a un pibe para robarle un celular, a que los chicos no aprendan lo suficiente en sus escuelas… Pero no hubo muchas reacciones para cambiar algo. Tal vez sea porque la gente tiene muchas expectativas en el gobierno que recién asume. Como pasó hace cuatro años.

Sería muy bueno que todos los argentinos asumiéramos el mensaje de Greta y le manifestáramos a las autoridades, de cualquier signo político, que hoy gobiernan: “los estamos vigilando, no nos traicionen, porque si nos fallan no los vamos a perdonar”

En fin, 2019 fue un año difícil. Todos los argentinos debemos tener esperanzas para que el 2020 sea un poquito mejor.

CORREVEIDILE agradece a todos sus lectores, colaboradores y anunciantes su constante apoyo y fidelidad.

Felices fiestas y un mejor año nuevo.

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Editorial: Modelo chileno -->

Editorial: Modelo chileno

Desde hace semanas recibimos noticias de un Chile convulsionado. Multitudinarias marchas espontáneas recorren las calles de Santiago y otras ciudades. Marchas que son reprimidas por un gobierno que no atina con una solución de fondo. La gota que rebalsó la copa de la paciencia fue el aumento del precio del pasaje en metro. Pero en verdad, subyacen razones mucho más profundas para el descontento. Uno de los manifestantes llevaba un pequeño cartel que resume la situación: “No son treinta pesos, son treinta años”.

Chile debe ser uno de los países más liberales del mundo. Es el país donde está privatizada la mayor proporción de la vida pública, desde las jubilaciones hasta la educación y la salud: hay 2,5 millones de personas en espera para una consulta médica gratuita. El 90% de los chilenos cobra una jubilación menor de 144 mil pesos, 64% del salario mínimo.

“La mayoría de los jóvenes que salen en las pantallas de la televisión chilena, como malhechores cubiertos de trapos y pañuelos, se están cubriendo de los gases lacrimógenos. Pero pese a su nombre, es principal efecto de esta sustancia, que el Estado chileno nunca dejó de usar desde la dictadura de Pinochet, no es provocar lágrimas. Provoca rabia, indignación, ganas de volver a salir a la calle”, dice el periodista Roberto Herrscher en una nota titulada: “Chile lacrimógeno”: una historia que se repite. Poco más adelante continúa: “Lo que estos días hace llorar a Chile, que salió en masa a protestar desde el viernes en cada ciudad y pueblo, no es el gas lacrimógeno. Es no poder llegar a fin de mes en un país donde el PIB per cápita subió, pero su beneficio quedó concentrado en las mismas manos de siempre. El 1% de arriba se reparte en gerencias, casos de corrupción y ministerios, mientras el 30% de ajo se endeuda hasta la desesperación. La mayoría de quienes salen a la calle no están fuera del sistema: están dentro, trabajan y estudian, pero lo que ganan es una afrenta y lo que gastan, un escupitajo”.

El ministro de Economía Juan Andrés Fontaine, ante las primeras protestas por el alza del transporte público, que lo hace más caro que en muchos países de Europa, llamó a que los chilenos y chilenas se levantaran más temprano para tomar el metro antes de las 7. Las lágrimas no son por el gas, son por el abuso y la ofensa de décadas, por la promesa incumplida de la democracia recobrada en 1990.

Aunque el presidente Piñera ya tomó algunas decisiones, entre marchas y contra marchas, la gente sigue descontenta. Ya no hay toque de queda, sacaron a los militares de las calles, suspendieron el aumento del precio del boleto, renunciaron los ministros… La cuestión de fondo a resolver sigue sin respuestas. Hay que distribuir la riqueza de otra manera. Pero la minúscula parte de chilenos que acumula prácticamente toda la riqueza del país, no quiere perder los privilegios que supo acumular desde la dictadura del General Pinochet.

Mientras la gente parece haber perdido la paciencia. Veremos qué acontece durante los próximos días.

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Editorial: 12 de octubre, Día de… -->

Editorial: 12 de octubre, Día de…

Las palabras no pueden modificar la realidad. Una piedra será siempre una piedra por más que intentemos llamarla de otra forma. Los políticos inventan eufemismos para re designar situaciones que son incapaces de solucionar. A las personas que no tienen vivienda, que son vagabundos o linyeras se las llama ‘personas en situación de calle’.

A las personas mayores, en la escuela primaria, nos enseñaron que el 12 de octubre se festeja el día de la raza. Y nos contaban, con matices épicos, la epopeya de Colón, el descubridor de América. Desde el 2010 pasó a llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural, gracias al decreto 1584 firmado por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

En todos los países hispanoamericanos se recuerda esa fecha. En España es Fiesta Nacional. En verdad, los españoles sí tienen reales motivos para festejar, ¿pero nosotros?

Ya desde el 2007 el INADI venía cuestionando el concepto de ‘raza’ por eso apuntaba a que el feriado del 12 sirviera como jornada de valorización de las identidades étnicas y culturales y de reflexión histórica.

La Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial establece que “toda idea o doctrina de superioridad basada en la diferenciación racial el científicamente falsa, moralmente condenable y socialmente injusta”.

También es relativo el término ‘descubrimiento’. La gente que habitaba estas tierras, hoy llamadas América, eran conscientes de su existencia, no hacía falta la llegada del conquistador europeo para ‘comenzar a ser’. Tenían su cultura, su idioma, su religión, sus artes…

Los ibéricos desembarcaron aquí de casualidad. No venían con fines humanitarios. Todas las expediciones tuvieron como primordial motivo el económico. La conquista se concretó con la espada y con la cruz. El español se consideró a sí mismo como un ser superior al nativo, encontró justificación en la religión católica para someter al ‘pagano’ aborigen. Traían muy arraigada la idea de raza superior.

Es muy cierto que nuestra sociedad ha avanzado mucho en la reconsideración histórica de los pueblos originarios. La Constitución Nacional los reconoce como tales y también resguarda sus derechos inherentes. En muchas escuelas de nuestro país se ha instrumentado la educación bilingüe. A los niños se les enseña el español como idioma oficial pero además se los educa en su lengua materna. A varias comunidades se les han restituido parte de sus territorios usurpados. Sin embargo, falta mucho por hacer.

No bastan las palabras escritas o dichas en discursos grandilocuentes. No alcanza con cambiar el nombre de una conmemoración ni sus buenas intenciones.

En casi todos los países del mundo, en pleno siglo XXI hay actitudes racistas y discriminatorias. En Europa no quieren recibir a los migrantes del norte de África con la excusa de la falta de trabajo. En América, desde los EEUU hasta el cono sur se viven cotidianamente situaciones de discriminación racial.

No es sólo una cuestión de Estado. Cada uno de nosotros es responsable de aceptar al otro como un hermano, como uno igual en deberes y derechos y con la misma igualdad de oportunidades. No hace falta un feriado al año para ser conscientes de la realidad en la que viven los pueblos originarios.

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Editorial: Día Nacional de la Conciencia Ambiental -->

Editorial: Día Nacional de la Conciencia Ambiental

Habitamos un país extraño. Podríamos referirnos a diversos temas que lo demuestran. Por ejemplo, las recurrentes crisis económicas e institucionales, de las que siempre salimos para volver a caer. Las esperanzas de bienestar son a corto plazo. Los viejos lo saben y, más que esperanzas, ya sólo les va quedando la nostalgia. Otro aspecto singular de la Argentina es una suerte de necrofilia.

Recordamos y celebramos a nuestros próceres en el aniversario de su muerte. Algo bastante triste, por cierto. Pero no recordamos la fecha de su natalicio, que sería motivo de alegría y de fiesta. Pensemos sólo en algunos que figuran en nuestras principales efemérides: Belgrano, San Martín, Sarmiento… Los actos patrios en su homenaje se realizan el día de su fallecimiento. También llama la atención la cantidad de efemérides que tenemos cada mes.

En setiembre, numerando algunas relevantes, hay dieciséis. Algunas muy curiosas. Podríamos relacionarlo con el santoral del culto católico que para cada día del año tiene un santo o más. El 27 de setiembre es el Día Nacional de la Conciencia Ambiental. Hay como un supuesto raro o extraño en esto. Hay un día para tomar conciencia de que debemos cuidar y respetar al medio ambiente, que en verdad sería lo mismo que cuidarnos y protegernos a nosotros mismos, los que vivimos gracias a él. En 1995 se dictó la ley 24605 para establecer el Día de la ‘Conciencia Ambiental’. Esto fue a causa del fallecimiento de siete personas en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, por un escape de gas cianhídrico ocurrido el 27 de setiembre de 1993.

Esta ley exhorta a los establecimientos educativos a que en esta jornada se recuerden los derechos y deberes relacionados con el medio ambiente establecidos en la Constitución Nacional.

La conciencia ambiental implica conocer qué es el medio ambiente, cuáles son los problemas contemporáneos y qué podemos hacer desde cada uno de nuestros lugares para revertir o mejorar estas situaciones. En 2016, ya con la ley sancionada, se produjo un derrame de al menos un millón de litros de solución cianurada en la mina Veladero de Barrick Gold en San Juan.

Según los ingenieros de la mina, el derrame formó el mismo compuesto ácido cianhídrico o gas cianhídrico, al llegar a las aguas del río Las Toscas. Ninguno de los responsables de la tragedia ocurrida en Avellaneda por verter material tóxico en las cloacas, ni de los de la empresa minera en San Juan fueron castigados. No estamos en contra de las leyes que ayudan a proteger al medio ambiente, pero vemos que no alcanza.

No hay que esperar que sucedan tragedias para reflexionar sobre esto. Hace poco un incendio, en Potrerillos, provocado por algunos inconscientes, destruyó casas, mató animales y destruyó la flora y fauna autóctonas. Y nos alarmamos. Lo mismo con el incendio en la zona de Amazonas que destruyó gran parte del pulmón verde de nuestro planeta. No hay ley que alcance. La solución está en cada conciencia personal. Cuidemos a nuestra casa, a la Madre Tierra.

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