Archivo | septiembre 15th, 2020

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Nicolino, El Víctor y El Negro: Aquellos duendes ídolos

El recuerdo de un artículo periodístico publicado en julio de 1976 nos lleva a la reunión de tres figuras mendocinas que marcaron un estilo y una época. Nostalgia de una nota que a nuestro colaborador le abrió las puertas como corresponsal en la provincia de la revista El Gráfico.

Por José Félix Suárez – Especial para Correveidile

Cada vez que me han preguntado cuál ha sido mi mejor nota como periodista deportivo (con 54 años de experiencia) he contestado lo mismo. Que seguramente será la próxima, porque todas  están realizadas con la misma seriedad, responsabilidad y profesionalismo que he tratado de demostrar durante mi prolongada  trayectoria.

Sin embargo, a fuerza de ser muy injusto, hay algunas que se han convertido en un recuerdo   imborrable, como aquella de reunir en julio de 1976 a los tres grandes ídolos del deporte de  Mendoza: Nicolino Locche, Víctor Antonio Legrotaglie y Ernesto Antonio Contreras. Fue una producción de cinco páginas a color, bajo el título “¿Volver? Si nunca nos fuimos”, que se editó en la revista El Gráfico por iniciativa de uno de sus jefes de redacción, Ernesto Cherquis Bialo, que entonces firmaba sus artículos como Robinson -cargo que compartía con Héctor Vega Onesime, que en nuestra provincia había jugado al fútbol en la reserva del Deportivo Maipú-.

Una nota que tuvo el privilegio de reunir a los tres eternos duendes del deporte mendocino, que por infinita coincidencia habían decidido regresar a la actividad al mismo tiempo, luego de un retiro no demasiado prolongado y que me abrió durante tres décadas las puertas  como corresponsal de aquella publicación.

La plaza Hipólito Yrigoyen de la cuarta sección, cercana al Mocoroa Boxing Club, donde entrenaba Nicolino, fue el escenario de ese encuentro único e irrepetible, alegre y divertido, donde Nico se subió a la bicicleta de Contreras y se puso a pedalear. Legrotaglie se colocó los guantes de Locche y el Negro se dedicó a hacer jueguitos con la pelota. Como niños corrieron luego hacia las hamacas y se columpiaron largo rato con una singular advertencia de Víctor: “Che, tengan cuidado con los focos de la plaza que  podemos ir presos los tres”.

Imágenes captadas por Leopoldo Estrella y Luis Astesiano, que me acompañaron como fotógrafos de la editorial, además del apoyo del periodista Enrique Máximo Romero -en la misma redacción-. Los tres se hicieron bromas como si fueran viejos amigos y contaron sus respectivas inquietudes sobre los motivos por lo que volvían al boxeo, el fútbol y el ciclismo.

Escribí entonces y lo repito hoy con las mismas palabras:  “Llegar, triunfar, partir, volver… Nicolino, el Víctor, el Negro… Eran tres duendes ídolos que habitaban en el corazón de un pueblo. Un día, no hace mucho, se quedaron quietos, callados, silenciosos. Sin el ruido de los aplausos, lejos de los grandes triunfos, rodeados de sus pergaminos de oro, acompañados por el recuerdo imborrable  de sus hazañas. Otro día, más cercano, despertaron. Recorrieron nuevamente las calles mendocinas de las cantarinas acequias. Se bañaron otra vez en el sol de cada día. Se secaron a la sombra de los verdes  árboles. Y por esos viejos caminos, de los años jóvenes, de los tiempos ricos, de las horas felices, encontraron nuevamente las puertas del éxito. Las abrieron y con trancos firmes hicieron realidad el instante del retorno. Juntaron la nostalgia del ayer que se negaba a ser pasado y la llama eterna de ese hoy que los obligaba a un futuro. Y aquí están. Como ayer, como siempre…”.

Ídolos, duendes

Dije de cada uno de ellos:

El Nico: El de la larga fama, el de la galera, el del bastón, el de los guantes sin sangre, con su sonrisa y su picardía de siempre. Aquí está todo. Aquel mocoso del Mocoroa, alumno de don Paco, maestro de la defensa, que asombró con sus reflejos y que llegó a  “Intocable”. Aquel rey del mundo que estremeció al país en la jornada del 12 de diciembre de 1968. Aquí está este señor de Corrientes y Bouchard, elegido del destino, boxeador de leyenda, artista con historia”.

El Víctor: El pibe que conoció y aplaudió el país. Con la estampa de crack. Las medias caídas, el jopo rebelde y el eterno número ocho en su espalda. Aquel que en 1959 jugó en Chacarita Juniors  y fue tapa de El Gráfico, con las diabluras del potrero, el lenguaje del baldío, el embrujo de su chanfle. El mismo maestro del Lobo mendocino que puso a Gimnasia y Esgrima en el mapa futbolístico del país. Este Víctor que regresó ahora a los 39 años con el mensaje de su toque en la zurda y el mismo talento que recogió en los campitos de Las Heras, cuando era un chiquilín de alpargatas bigotudas y pantalón cortito.

El Negro: El chico de la cara musculosa, las piernas flacas, el corazón gigante. El humilde y modesto  Negro de Medrano, que se subió por primera vez a una bicicleta de reparto hace más de veinte años y ganó entre las viñas de Palmira. Ahí comenzó la historia. El de los mil triunfos y los cien títulos. El gran campeón de resistencia, el de los increíbles 4m. 50s. en persecución individual con siete logros argentinos consecutivos, el tres veces olímpico, el solitario del mundial de Holanda, el compañero inseparable del macizo andino. El doble vencedor del Cruce de Los Andes que le dejó  el apodo de “Cóndor de América”. Este Ernesto de hoy, que volvió a los caminos polvorientos de la montaña amiga, que se sintió pequeña ante su vuelo de pájaro cuando desplegó otra vez sus alas en busca de las altas cumbres. Siempre el Negro.

Cayó el telón, pasó el recuerdo: Nicolino ciclista, el Víctor boxeador, el Negro futbolista. Tres duendes, ídolos, eternos y queribles. Ayer, hoy, mañana. Siempre…

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“¿No tendré Alzheimer?: Me olvido de muchas cosas” -->

“¿No tendré Alzheimer?: Me olvido de muchas cosas”

“¿No tendré Alzheimer?: Me olvido de muchas cosas”

La licenciada Cecilia C. Ortiz, neuropsicóloga y magíster en Neurociencias brinda claves para identificar cuándo lo que nos pasa es natural y cuándo un motivo para consultar a un profesional de la salud.

“¿Dónde dejé las llaves? No puedo encontrarlas”. “Sé que me dijo algo, pero no puedo acordarme qué”. “Si estoy hablando y me interrumpen, luego no recuerdo qué estaba diciendo…”. “Me pasa muy seguido que reconozco a las personas, pero me cuesta recordar su nombre”. “Quiero nombrar un objeto y no se me viene la palabra a la mente”. “Hace tiempo vi una película que me encantó y no puedo recordar exactamente de qué se trataba”. “En la película trabajaba este actor… es tan buen mozo… no me sale el nombre… pero lo tengo en la punta de la lengua”.

Más de un lector con más de 40 primaveras en su haber se habrá sentido identificado con estas frases. Y es que el envejecer no es un proceso limitado a la parte externa de nuestro cuerpo. El cerebro acompaña este proceso.

A partir de los 20 años comienzan a morir neuronas (que, a diferencia de otras células de nuestro cuerpo, no se regeneran) y disminuye la cantidad de sinapsis y de disponibilidad de ciertos neurotransmisores. Está comprobado que el cerebro humano disminuye de peso a partir de la mencionada edad, y que esta disminución se acelera a partir de los 60 años (ver cuadro).

El lector estará pensando que el panorama no es muy alentador. Pero nos permite explicar que todo esto que ocurre a nivel físico, genera síntomas a nivel cognitivo, que tomados a tiempo, pueden mitigarse. Podemos sintetizar dos grandes grupos de síntomas:

Por un lado, está la alteración en memoria y aprendizaje. Y, si, aceptémoslo, nos vamos poniendo más olvidadizos. En este sentido, debemos aclarar que existen dos tipos de olvidos. Los olvidos llamados benignos o asociados a la edad, en los que el paciente olvida porciones de información, pero no el bloque entero de datos. Así, si usted fue a una conferencia el viernes y yo le pregunto de qué se habló, muy probablemente no podrá recordar todos los datos, se acordará lo que más le interesó, pero tampoco habrá olvidado que concurrió a una conferencia. Esto último sí ocurre con los olvidos patológicos o vinculados a un proceso demencial (por ejemplo, Enfermedad de Alzheimer).

Por otro, nos vamos poniendo más lentos y torpes. ¿Alguien ha intentado escribir en los teclados de los celulares a la velocidad que lo hacen los adolescentes sin cometer errores? Y ni hablar de entender cómo funciona el nuevo programa de PC, lo que hace que nuestros hijos se enojen con nosotros al grito de: “Pero si es muy fácil, ¿cómo que no podés?”.

La tendencia en Medicina Preventiva, obviamente, es diagnosticar a tiempo, porque en cualquier patología, mientras antes implementemos la terapéutica adecuada, ganamos terreno a la enfermedad. Las últimas investigaciones en Enfermedad de Alzheimer indican que, si bien la eclosión de los síntomas es a partir de los 60/65 años, entre 10 y 15 años antes, ya comienzan a haber síntomas indicativos de la existencia de la patología.

Así, aconsejan que las personas mayores de 50 años con síntomas cognitivos y/o factores de riesgo como los que se detallan a continuación, deberían hacer consulta neurológica y realizar estudios complementarios (análisis de sangre, TAC o RMN y evaluación neuropsicológica), que deberían repetirse anualmente, para ir controlando la actividad cerebral.

SÍNTOMAS COGNITIVOS: Olvidos de información reciente (dónde guarda o deja cosas, mensajes). Olvidos de nombres de personas conocidas o confundir o cambiar nombres. Dificultad para encontrar palabras. Cambios en la forma habitual de ser.

FACTORES DE RIESGO: Enfermedad Psiquiátrica. Abuso de alcohol y/u otras sustancias. Enfermedades infecciosas. Enfermedades metabólicas. Enfermedades inflamatorias del Sistema Nervioso Central. Hipertensión arterial. Diabetes. Sedentarismo. Antecedente de familiar con demencia. De cualquier forma, como siempre digo, no hay que asustarse ni dramatizar, hay que ocuparse y prevenir.

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