Historias del Pago: Cólera en Luján de Cuyo

La alarma se encendió en diciembre de 1886, tras la muerte de una humilde mujer en el distrito del Plumerillo, departamento de Las Heras: la temida epidemia de cólera había llegado a Mendoza. Días posteriores se propagó por toda la Ciudad y también en el departamento de Luján de Cuyo.

Por Carlos Campana

La enfermedad comenzó a propagarse en nuestro país tras el arribo de un barco proveniente de Nápoles -Italia- al puerto de Buenos Aires, cuyo ingreso había sido prohibido en Brasil y Montevideo, ya que algunos tripulantes estaban enfermos. Entonces, el cólera comenzó a propagarse rápidamente en la Ciudad y en poco tiempo se extendió en gran parte del territorio argentino. Tal vez, la imprudencia de los funcionarios de ese momento al no tomar medidas preventivas hizo que el flagelo llegara rápidamente hasta nuestra provincia.

Cuando las malas noticias llegaron a Mendoza, el gobernador Rufino Ortega ordenó la creación de un comité de higiene integrado por reconocidos médicos locales. Además, decretó una cuarentena por siete días, a realizarse en la misma frontera, para cada persona que quisiera ingresar a la provincia. Sin embargo esto fue mal visto desde Buenos Aires y el ministro del Interior, Eduardo Wilde, ordenó revocar la decisión, ya que atentaba contra el buen desarrollo de las actividades comerciales.

Ante tal presión, Ortega levantó la medida. Al mismo tiempo, Luis Lagomaggiore ordenó para la Capital, urgentes medidas sanitarias: quemar la basura, desinfectar letrinas con cal, regar y mantener impecables las veredas y casas, entre otras. Para asistir a los enfermos, el Hospital San Antonio, ubicado en la Cuarta Sección, fue transformado en “Lazareto de coléricos”, pero como fue insuficiente para atender la gran afluencia de pacientes, se organizaron lazaretos auxiliares en domicilios particulares. En esta acción no sólo participaron médicos locales y de otras provincias.

En ese momento se constituyó una comisión de la Cruz Roja integrada por inmigrantes españoles e italianos, como el ibérico Antonio San Romerio -quien fue presidente de la Cruz Roja- y otros del denominado “Comité Popular”. Entre ellos figuraban Sebastián Samper, Antonio Gigli, Ventura Gallegos, Jacinto Álvarez, Carlos Alurralde o Adolfo Puebla, con la misión de ayudar a las víctimas.

El vibrión que arrasó con todo

Pese a los cuidados, la enfermedad se propagó y en nuestra provincia fallecieron entre 2 mil y 4 mil personas, de las cuales un millar pertenecieron al departamento de Luján de Cuyo. Los casos fatales se registraron en plena villa de esta localidad. Como las camas para los pacientes no eran suficientes, se recurrió a la atención domiciliaria de médicos particulares y extranjeros. La Ciudad quedó desolada y como los empleados municipales se negaron a enterrar los cuerpos, la tarea debió ser realizada por los internos de la Penitenciaria.

Recurso de vital importancia en épocas de catástrofes, la prensa de Mendoza comunicó a los pobladores medidas para evitar la enfermedad. Las indicaciones iban desde evitar las frutas y los desarreglos con bebidas alcohólicas, la extenuación física y los cambios bruscos de temperatura, hasta la conveniencia de comer carnes y pescados fritos o asados, y la prohibición de beber y usar agua de acequias. En los primeros meses del año siguiente, la epidemia comenzó a mermar produciéndose menos víctimas fatales hasta que finalmente, en marzo de 1887 desapareció.

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