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Editorial: Ser y Tener (Primera parte)

El ser humano es el único animal del planeta dotado de razón y conciencia. Por ello, también, es el único que sabe fehacientemente que la muerte es su destino final. Desde pequeños sabemos que no somos perpetuos y que vamos a morir, aunque no sepamos nunca cuándo ni de qué modo.

Este sabernos seres finitos, con principio y fin, ha sido tema de muchísimas obras filosóficas. La muerte como presencia no deseada y, a la vez, como destino final, ha inspirado a muchísimos autores a preguntarse por el sentido de la vida.

¿Cuál sería el mejor proceder en este tránsito hacia la nada? Las religiones nos traen consuelo con una vida después de la muerte. La vida eterna, en algunos casos, o la reencarnación, en otros. Para ello debemos cumplir ciertas normas de conducta o mandamientos que aseguren nuestro paso a una vida mejor.

A todos nosotros, alguna vez, se nos vino encima la pregunta: “¿Cuántos años viviré?” Es un dilema simultáneamente terrible y fantástico, cuya única respuesta es la incertidumbre. Para atemperar un poco esta angustia hemos construido lo que se llama “esperanza de vida”. Se define a ésta como a la cantidad de años que un recién nacido puede llegar a vivir si los patrones de mortalidad por edades que predominan en el momento de su nacimiento, se mantuvieran invariables a lo largo de toda su vida.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) en nuestro país esa expectativa se acerca a poco más de 76 años (los datos van cambiando y se espera que en pocos años más, lleguemos a los 83 -en el 2040-). Las mujeres más longevas son japonesas con una esperanza de vida de 86,8 años. Mientras que la población de Sierra Leona, en África, es la más baja de todo el planeta, de 50,8 años.

Supongamos que en Argentina una persona comience su vida “productiva” a los 18 años. Consigue alguna ocupación remunerada y empieza a labrarse “un futuro”. Consigue un trabajo. A cambio de su esfuerzo le dan dinero, que es el bien de cambio que todos usamos. Algunos reciben más y otros mucho menos. Pero no trabajamos solamente por el dinero. Aristóteles, hablando del tema, nos enseñó que el fin último del trabajo es el descanso.

La cuestión que sometemos a la reflexión es la siguiente: ¿Qué futuro queremos forjar antes de que la muerte nos sorprenda? Aquí cada cual y por su libre albedrío tomará las decisiones que considere mejores. Seguramente, la primera es satisfacer las necesidades básicas: vivienda, salud, educación, alimentación, protección y recreación. (Nada sencillo en la Argentina de hoy). Sigamos suponiendo que una vez logrado esto ya tenemos cierta estabilidad y algo de tranquilidad. ¿Y ahora? Algunos deciden por el tener y otros por el ser.

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