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Recuerdos literarios: “Platero y Yo”

Así como un papel transparente despilfarra estímulos de ternura y hallazgo de lo simple, sus palabras dicen: “Mira Platero la flor del camino, mañana no estará pero vivirá eternamente”.

Por Raquel Aznar

Es tan probable que entre los recuerdos lectores de tiempos no tan cercanos, “Platero y Yo” traiga el eco de un trotecillo a la memoria anunciando su lectura. La obra poética que gira más allá de las lenguas y geografías alienta la reflexión, reconoce la naturaleza en un escenario que dibuja el entorno del accionar y pensar basado en el asombro.

El 28 de setiembre visité Moguer, pueblito de Huelva en Andalucía, donde está la casa natal del poeta. Fue entonces cuando mi mirada pudo jugar con el deseo y mis pisadas escuchar el silencio, ante la solemne circunstancia de estar en la casa primera que vivió Juan Ramón Jiménez. La obra fue escrita en otra casa, la de su niñez y juventud, declarada por el ayuntamiento del pueblo: Casa Museo de Zenobia y Juan Ramón Jiménez.

La poesía se hace piel en ese espacio habitacional, trepa las enredaderas de la casa, se trasluce en las esculturas del burrito, paredes altas y sonoras, en la sensibilidad de una apretada estantería de libros, biblioteca atesorada de lecturas.

En esa circunstancia íntima pude advertir en la emoción una transparencia de lo bello, además presentir una bambalina que se corre para advertir lo que sucede a nuestro alrededor para mirarnos entre el otro o los otros, así lo anticipa el título: “Platero y Yo”.

Al habitar los pasajes de esta casa, llegar al lugar que impulsó su obra, escrita no sólo para niños, sino para todo aquel que quiera leerla, en el imaginario visualicé a los niños del mundo tomados de la mano como sosteniendo distancias y colores de piel y supuestas diferencias. La obra es un legado de humanismo y advertencias.

En la casa se presienten las páginas de la obra por haber sido quien albergó el pensamiento e imaginación del escritor al escribir las andanzas pueblerinas del amo y su inseparable burrito de plata y luna al mismo tiempo.

El lugar habitacional, ataviado de arte es tan silencioso como sonoro, al ingreso se encuentra esculpida la figura de Zenobia, su mujer. Ambos anudaron la consistencia de un don de sensibilidad social que inquieta y adquiere  cada día más vigencia.

Dejo esta reseña tan sublime como real… Volver a Platero es reencontrar otras intenciones de admirar, de incluir y vivir cada instante sabiéndonos entre los demás.

El legado está en el Museo, pero lo que se adhiere a la piel recorre el mundo.

*Poeta. Docente.

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