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Chacras del ayer: La casa de las utopías fantásticas

Una caja de pandora y un sitio de noticias, intercambios y sorpresas, de personas que construyeron comunidad.

Por Onelia Cobos

Supo estar en la calle Mitre. Muy a lo lejos, el recuerdo despierta y nos trae la suave sensación de entrar y silenciar nuestros pasos sobre un gastado piso de parquet desteñido. El mostrador abierto, sin rejas separadoras como las de ahora, nos recibía con la afable figura de dos empleados, vecinos del lugar y a veces con la presencia del jefe de correo, figura de autoridad como la del juez de Paz, el farmacéutico o el médico rural. Todos ellos eran convocados a los actos públicos de la Plaza cuando se cantaba el Himno en las fiestas patrias.

El lugar guardaba la atmósfera mágica de hacer volar nuestro corazón adolescente recibiendo el epistolar mundo de las cartas de nuestros noviazgos a distancia, sin teléfono en ese tiempo, conectando nuestras vidas desde un departamento a otro. Eran sólo dos cartas semanales, un ida y vuelta, jamás extraviadas.

El cartero tocaba el timbre de nuestras casas y volábamos a la luna en una emoción única al recibir el sobre estampillado y sentirnos en el Paraíso. Eran múltiples, los servicios que ofrecía el Correo. Una carta certificada trasladaba dinero con la total seguridad de llegar a destino.

Cuando el señor Ramón Quiroga -nuestro recordado jefe de Correo-, fue trasladado a Bowen, General Alvear, después de nueve años en Chacras, la oficina de Correo controlaba toda la mercadería de alta calidad, verduras y frutas que eran enviadas directamente a Buenos Aires porque por allí pasaba el tren que unía nuestro sur con la Capital del país. Esta otra función de la oficina era algo así como una aduana controladora, función que en Chacras no tuvo el Correo por no ser un área de producción agrícola.

El señor Quiroga había llegado a Chacras en 1941. Le tocó vivir la entrega de las cajas de Navidad y las de juguetes para Reyes que el gobierno nacional enviaba a todo el país en un lejano primer gobierno peronista para la población carenciada. La responsabilidad de las listas de reales necesitados caía totalmente sobre el jefe de correo.

Eran tiempos históricos de valores, de corrección y seriedad absoluta en las personalidades seleccionadas para jefaturas de oficinas públicas. La figura del señor Quiroga ha quedado en nuestra memoria como modelo de aristocracia espiritual.

Después de tres años en Bowen, nuestra figura fue nuevamente trasladada, esta vez a Rodeo de la Cruz. Su hija Nelly, maestra, nuestra querida Nelly de la Escuela Teresa O’Connor, nos recuerda otra de las funciones de la oficina postal: la del ahorro escolar.

La famosa libreta de ahorro era llenada, semana tras semana, con las estampillas que comprábamos en el correo y que la Escuela podía también vender en el aula, integrando escuela y correo en un proyecto didáctico de objetivos valorizantes como el ahorro.

La escuela premiaba a los niños que más ahorro habían logrado.

Las fiestas escolares eran muy importantes y los premios del ahorro escolar considerables, gracias a los vecinos comerciantes que generosamente integraban otro eslabón: el de escuela-vecino.

El señor Quiroga fue seguido por Muñoz en la jefatura de la oficina. Era el papá de dos compañeros míos de la escuela primaria. Su personalidad encarnaba el esfuerzo superador y soñaba con que sus hijos alcanzaran el éxito en la concreción de brillantes carreras. De origen humilde, había logrado por propios méritos la jefatura y admiraba en los otros el espíritu de superación y estudio. Entre viejas memorias destaco aquella que lo describe íntimamente, cuando llegaron unas cajas de 100 libros desde Estados Unidos, enviadas por barco y con delivery postal.

Una compañera de la hija de Muñoz había disfrutado de una beca Fulbright en Ohio y la Universidad enviaba a su casa los textos que la beca había cubierto. La alegría y admiración que el envío produjo en él lo movilizó a llevar personalmente las cajas y entregarlas, en lugar de simplemente avisar que pasaran a retirarlas.

Esta integración vecinal al compartir alegrías familiares nos recuerda el grado de fraternidad existente en el pueblo. Se personalizaba la relación humana y nos habla de la fantástica sensibilidad de nuestros funcionarios. Eran tiempos de sensibilidad, tiempos fraternales, casi irrepetibles.

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