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Séptimo cruce a pie: Travesía con la bandera como símbolo

Por José Félix Suárez – Especial para CORREVEIDILE. Fotos: Gentileza Javier Gallar

Como un símbolo del colosal reto que encararon, del esfuerzo personal que realizaron y del espíritu solidario que animó de un modo permanente a sus tres integrantes -Javier Alberto Gallar (52 – séptimo cruce), Sebastián Sosa (44 – cuarto cruce) y Sebastián García (36 – sexto cruce), la bandera argentina que llevaron entre sus pertenencias como un preciado trofeo flameó orgullosa, acariciada por el viento en el límite exacto de la Argentina y Chile durante la travesía del Séptimo Cruce a Pie de la Cordillera de Los Andes, para unir en un amistoso abrazo a los dos países hermanos.

Un esforzado viaje de seis días a partir del miércoles 3 al lunes 8 del pasado enero, desde el Manzano Histórico en suelo argentino hasta las Termas del Yeso en la localidad de San Gabriel, en territorio chileno. De cara al desafío de alcanzar y resistir los 4.380 metros de altura, además de soportar los fuertes vientos y el intenso frío con bajas temperaturas que en esta época del año ya se hacen sentir en estas solitarias latitudes. Donde la única compañía es el silencio y el lejano vuelo de los cóndores que habitan en las rocas de la montaña mientras cientos de guanacos se esconden detrás de las laderas, lo  que siempre hacen cuando perciben el olor de los seres  humanos a quienes tanto temen. Sin liebres o pumas a la vista, que también los hay, en esas  desiertas e inhóspitas regiones.

Con la firme voluntad de no rendirse, de no bajar nunca los brazos, de continuar la marcha y caminar y ascender hasta el límite del cansancio, o de la oscuridad de la noche que los hizo detener cada jornada para conciliar el sueño en la bosa de dormir que cada uno transportó en su mochila. Obligados a pernoctar a la  intemperie bajo un cielo de luminosas estrellas, en una ruta poco transitada y de escasos refugios. Provistos también de un calentador para la comida, sobres de café, leche en polvo, salames y otros fiambres, sopas instantáneas, milanesas y dulce de membrillo. Con la ropa de abrigo necesaria y sin frazadas, porque aumentaban el peso de la carga que llevaron sobre sus espaldas que no puede superar los 25 kilos para no dificultar el paso en esa agreste geografía. Así fue el viaje de estos tres mosqueteros unidos por la aventura que dejaron  atrás, entre otros, el Refugio Scaravelli (3.100 metros), La Lagunita (seca y sin agua) y El Portillo (4.380 metros) en el ascenso, y Real de la Cruz (3.100 metros) y Las Termas del Yeso en San Gabriel  y Puente Alto, al que se accede en colectivo en el descenso. Reunidos para la foto en El Caletón, en la  misma  piedra del año pasado, cuando fueron 11 los integrantes de la expedición en homenaje  entonces a la fecha del bicentenario.

El relato

Javier, que es agente de seguros y fotógrafo profesional, habitual colaborador de nuestro periódico, quien además es el mentor desde hace siete años de manera ininterrumpida de esta formidable experiencia de vida, se convirtió en el vocero de sus dos amigos y compañeros, porque los representó en la charla con Correveidile: “El nuestro es un objetivo que cumplimos con gusto, por placer. Aunque al segundo día, cuando ya no podíamos volver atrás por el compromiso   asumido, nos preguntábamos a nosotros mismos: “¿Por qué vinimos otra vez? ¿Qué hacemos acá?”. Mientras otra gente estaba de paseo o de vacaciones en las  sierras o las costas, nosotros en ese lugar con una misión muy distinta. Nunca nos arrepentimos, aunque a veces también se duda. Cuando nos faltaba el aire o nos dolía la cabeza, cuando amanecíamos con las manos y los pies helados, cuando veíamos la huella de piedras que teníamos que subir para llegar a los 4.380 metros -el punto más alto de la travesía-, nos hacíamos esas preguntas. Aunque parezca increíble, un día caminamos 14 horas, porque salimos a las 7.30 de la mañana y llegamos a las 9.30 de la noche. Es duro, porque hasta se piensa que uno se puede quedar en el medio de la nada. Por suerte la marcha resultó muy tranquila, no tuvimos que lamentar caídas o lesiones, salvo lo incómodo del viento que allá arriba soplaba con mucha  fuerza”.

En su relato Javier dejó dos últimos testimonios: “Como siempre todo lo hicimos a pulmón, con nuestro propio sacrificio. No nos interesa para nada lo material, comercializar nuestro cruce, obtener un provecho económico. Solo lo espiritual. Como ese hermoso momento de ver flamear en el límite con Chile la bandera argentina que por primera vez llevábamos en nuestro equipaje.  Resultó lo máximo y nos llenó  de orgullo. Fue algo muy emotivo, que no se paga con nada, ni con todo el dinero del mundo”. Así se cerró esta nota y entrevista con la esperanza de Javier, que quizás el año próximo pueda acompañarlo una de sus hijas: Virginia. ¿Por qué no?, agregamos nosotros.

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