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¿Quién fue Adrienne Bolland, la Diosa de los Andes?

El Aeroclub Mendoza, que este año celebra su centenario, comparte esta historia de la aviadora francesa que realizó una increíble travesía por la Cordillera de los Andes. Se trata de la primera mujer que emprendió este viaje por la ruta del Cristo Redentor.


La Diosa de los Andes – Memorias irreverentes

En 1921  la aviadora Adrienne Bolland afronta un desafío imposible: cruzar la Cordillera de los Andes desde Mendoza a Santiago por la vía directa.

Nos ubicamos al final de la primera guerra mundial y a principios de la época dorada de la aviación; la de los circos aéreos,  de las travesías, de los desafíos y las proezas de todos tipos.

Era de epopeyas y de fracasos que fueron llevados a cabo por verdaderos héroes, como Adrienne Bolland.

Mujer menuda y de mucho carácter, tuvo una vida intrépida tanto por sus proezas aeronáuticas como por sus actitudes irreverentes.

Su pasión por el juego de azar la hizo descubrir la aviación en 1919. Arruinada por haber apostado todo en una carrera hípica, la joven parisina declara, la misma noche  después de mucho Champagne “! Esta vez se acabó, no jugaré más… voy a hacer aviación!”. Un hombre de la mesa  vecina comentó que una escuela de pilotaje estaba pronta a abrir sus puertas. Se incorporó de inmediato a la academia de aviación, patrocinada por la empresa de aviones Caudron. Cuatro semanas después, René Caudron quien visitaba la escuela y había escuchado sobre su destreza, quiso juzgar su capacidad. “En vuelo, Ud. va parar el motor y aterrizar en el lugar que voy a marcar con mi bastón en la playa. Si lo logra, la contrato como piloto”.

Adrienne integro, así, el equipo de pilotos del constructor a cargo de trasladar los aviones. Pero ya tenía otro capricho: quería su propio avión. Caudron, consciente del beneficio que podría arrastrar la publicidad de una mujer aviadora, le contesto “Le presto un avión y si Ud. logra un looping, será suyo”. Sin haber realizado ninguna acrobacia previa, Adrienne se ató por las dudas los pies a los pedales del avión con un cordel, e hizo dos. Caudron cumplió su promesa y le propuso entonces otro desafío: cruzar el canal de la Mancha de Francia a Inglaterra.

Un mes después, Adrienne se preparó para decolar de Calais con una buena suma de dinero destinado a cubrir sus gastos en Inglaterra cuando, a último momento decidió irse a Bruselas donde sus amigos pilotos se encontraban reunidos. “Una fiesta “a todo trapo”, pagaba yo…..con la plata de Caudron!”. El día siguiente el diario tituló “Aviadora perdida en la mancha”. Se dio cuenta luego que la habían buscado en el mar toda la noche. “Si me hubiera ahogado esa noche, no hubiera sido en agua” dijo.

Pocos días después, el 25 de agosto de 1920 intento el cruce de la Mancha, a pesar de la niebla. El motor falló en el camino pero logró aterrizar en las dunas de la costa de Inglaterra. Contactado por teléfono, Caudron le hizo llegar un nuevo motor que le permitió retomar su viaje a Londres, adonde llegó con honores.

Ya conocida por el gran público, Adrienne participó en la escudería Caudron a los grandes festivales aéreos de la época (¹).

Pero la dramática puja por la travesía de la cordillera de los Andes de Mendoza a Santiago de Chile con sus trágicos fracasos no había pasado inadvertida a la aviación francesa y Rene Caudron había decidido exhibir sus aviones en América del Sur.

Este es el relato que hizo Adrienne, en su estilo directo, de la heroica epopeya con su Caudron G3 de 80 CV (²):

Para entonces estaba de piloto en la empresa Caudron. Participaba en festivales; comenzaba a sentirme un poco a gusto en volar y, un día, un amigo menciono que (lo cito textualmente)“existe un puesto de trabajo para un cadáver en América del Sur” “Nuevamente se estrelló un tipo en la cordillera …”. Inmediatamente, impulsada por la necesidad de vencer mi miedo – ya que siempre tengo miedo al volar – voy a ver a Caudron: “Señor Caudron, quiero ir en América.”

Creí que iba a mandarme al demonio. Tenía la licencia de piloto desde hacía trece meses y tenía cuarenta horas de vuelo en total. Pero sin duda comenzaba a estar harto de mis excentricidades: “Si lo quiere, dijo resignadamente, nos vamos a ocupar”. Es así que todo se decidió. Se trataba, naturalmente, de mostrar los aviones Caudron a los sudamericanos y habíamos hecho allá mucha publicidad antes de mí llegada con el fin de alardear sobre el viaje. “Caudron había hecho decir antes de mi llegada que era posible que Adrienne Bolland aprovechará su estadía para intentar el cruce de los Andes”. Yo había tomado precauciones con Caudron: “podría ser… si lo quiere. Pero no con los dos G3 que me entrega. Caudron contesto “Trataremos de enviarle un mejor avión”. Había partido de Francia confiada.… Al bajar del buque, fui acogida por una multitud. “pónganse su sombrero, la vamos a presentar a la prensa”. Un sombrero, en esta época, era indispensable para una dama. Yo, nunca llevaba uno. No importa. Fuimos a encontrarnos con la prensa. Tomamos bastante champagne y… no me recuerdo exactamente de lo que puedo haber dicho. El hecho es que la mañana siguiente, toda la prensa anunciaba, inequívocamente “Adrienne Bolland vino para cruzar la cordillera de los Andes”. Caudron me había entregado como mecánico a Duperrier, un hombre de lo más serio, también en su trabajo. Me dijo “Ud. sabe, yo no vine acá para que me tomen el pelo. Ud. tiene que tomar una decisión ahora mismo ».

Mandé un telegrama a Caudron para informarle de la situación y pedirle el avión prometido.  “Por buque, dije a Duperrier, lo tendremos en dos meses…”. El telegrama de Caudron llegó sin atraso: “Tome decisión Ud. Imposible enviar otro avión.”

Solamente me quedaba probar mi suerte… No obstante, aquí, nadie me animaba. Todos los franceses de Buenos Aires me acosaban para que renunciará. En poco tiempo me había convertido en una desquiciada, una loca que perjudicaba a Francia. Llegando en Buenos Aires me había hospedado en el hotel Majestic. A partir del momento en que tome mi decisión, no quise ver a nadie más, tampoco contestar al teléfono. Necesitaba concentrarme. Había decidido, en  vez de intentar el cruce por el norte o por el sur  buscar una vía más directa a partir de Mendoza, o sea Uspallata, el Cristo – esta gran estatua que domina la cordillera en la frontera entre Argentina y Chile – Las Cuevas y Santiago.

Mi avión ya había partido por tren a Mendoza. Estaba preparando mi escaso equipaje. Alguien golpeó la puerta. Creí que era la camarera. “Adelante!”. Veo llegar una desconocida. Estaba nerviosa y la ira me domino. « Que viene Ud. Hacer aquí!”. Ella entendía francés. Lo había notado con las pocas palabras que le había dicho. “Ud. es otra francesa que viene a anunciarme que me voy a estrellar?” “Basta, es suficiente, estoy al tanto, Ud. sabe?’. Pero la desconocida insiste. Su padre es de Bretaña, su madre Vasca (o vice-versa, no me recuerdo). Trabajaba en una fábrica. Era tímida, hablaba el francés sin mucha soltura. No sé porque, cedí. Quizás estaba en el fondo contenta de esta distracción. « Escúcheme bien. Voy a encender un cigarrillo. Mientras lo fume, Ud. me dice lo que me tiene que decir. Después, me en paz. Entendido? » Entonces, buscando las palabras, empieza a contarme una historia increíble: me describió por adelantado toda la travesía que iba a hacer: « en algún momento Ud. estará en el fondo de un valle que gira hacia la derecha. Habrá un lago. Lo reconocerá, tiene la forma y el color de una ostra, no se podrá equivocar. Tendrá ganas de girar hacia la derecha. No lo haga, las montañas son más altas que lo que puede subir, pero…”

¿Cómo esta muchacha ignorante podía saber que un avión tiene techo y que el techo de mi G3 era, efectivamente, apenas suficiente? Ella concluyo “pero no debe en ningún caso girar a la derecha. Es a la izquierda. No lo olvide. Ud. verá una montaña que tiene la forma de un asiento de silla invertido.”

“Conoce la montaña?” “No, me contestó yéndose, nunca he ido”

Y mi vidente se fue sin una palabra más. Los 1.200 kilómetros en tren hacia Mendoza donde mi avión ya había llegado, me hicieron olvidar totalmente de esta historia.

Tenía miles de cosas por hacer que pensar en profecías. Mi Caudron estaba guardado bajo una carpa de tela al final de la pista de Los Tamarindos (NDT Aeródromo del Aeroclub Mendoza). Despego, casi segura de nunca llegar. Me elevo, bastante penosamente, y de repente avisto un lago. Maquinalmente me digo” es magnífico, parece una ostra. Inmediatamente, mi memoria vuelve. Miro a la izquierda, a la derecha. A la derecha el valle parecía abrirse. A la izquierda, todo parecía cerrado, pero había una montaña que, efectivamente, podía vagamente evocar el asiento invertido de una silla, poniéndole buena voluntad.

Tenía que elegir. No sé qué fue lo que me llevo a confiar en la pequeña francesa de Buenos Aires: Gire a la izquierda, y entre mi pensé “por semejante tontería seguramente me voy a estrellar!”.

Volé durante cierto tiempo, sin otra cosa en la cabeza que miedo. Además tenía un frio horrible. Mis escasos recursos no me habían permitido equiparme convenientemente y me había cubierto con un pijama, un overol de algodón y un colchón de diarios viejos. Tenía los dedos congelados a pesar del papel aceitado con el que había tratado de envolverlos. Ningún inhalador,  naturalmente, y el paso, con la estatua del Cristo, estaba a 4.080 metros. Tenía que pasar cerca de los 4.200. Volaba desde hacía tres horas. Si bien el avión tenía nueve horas de autonomía, me temblaban las rodillas. De repente, a mi derecha, veo cursos de aguas corriendo en el otro sentido. E inmediatamente después la llanura,  una gran ciudad, casi en frente mío. Santiago? No estaba segura, pero ciudades de esta importancia, me parecía que no había muchas en Chile.

No había tiempo de dudar, ya estaba encima. Me habían dicho que el aeródromo se encontraba  a siete kilómetros de la ciudad. Hago un viraje a la izquierda y distingo en el terreno puntos que brillan bajo el sol. Cuando me acerco, entiendo… me esperaban con la banda militar

Con mis dedos entumecidos, tuve la impresión de que nunca podría aterrizar sin destrozos. Pero todo fue bien. Había desplegadas tres banderas en el terreno: la de Argentina (donde venía), la de Chile y la bandera francesa. Aterrice, hélice parada, en el medio de nuestros colores. No lo había hecho a propósito pero todo el mundo festejó el milagro: “Que precisión!”

Yo, naturalmente, me hice la modesta. De todos modos, tenía demasiado frío como para discutir. Los chilenos tuvieron que sacarme del avión y al hacerlo, arrancaron mi cinturón, por más grueso que era. Por poco, me quebraron en dos, a fuerza de entusiasmo. El general Contreras, quien mandaba la escuela de pilotaje, había preparado champagne en mi honor. No podría haberlo tomado: “Quisiera un poco de café…  y un espejo”

Los aviadores no suelen llevar espejos, pero me trajeron uno de pie. Tenía una cara espantosa: no se me veían los ojos de tan hinchadas que estaban mis mejillas y mi cara estaba manchada con la sangre que había perdido a causa de la altitud. Una enfermera me limpió los coágulos de la nariz y de las orejas. Y estaba tan cansada, especialmente después de las terroríficas noches en vela antes de la partida, que me dormí, ahí mismo, a pesar del café. Es el general, quien me acostó ayudado por un capitán. Me desvistieron. Lo supe después.

Cuando desperté, fue una alucinación. Todos los cuerpos presentes se empujaban para felicitarme… Salvo los franceses.

Después de la recepción, estaba bañándome cuando alguien golpeó la puerta. “? Quién está ahí?” “Soy el ministro de Francia”. “Estaba realmente desesperada por ver un Francés en Chile!” La conversación, a través de la puerta, ya tenía un lado insólito, pero la respuesta del diplomático rozó lo cómico “Tiene que comprenderme, dijo. Cuando me dijeron que una francesa había cruzado Los Andes en avión, creí que era una broma. Pues hoy es el primero de Abril (día de los inocentes en Francia)…”

Me puse una bata, y es así como nos conocimos. “? Le puedo ofrecer algo?”  Me preguntó entonces el muy mundano ministro de Francia. “? Un poco de agua de azahar, quizás?” Esto fue el inicio de mis relaciones con la comunidad francesa en Chile. Acordamos que visitara al Presidente de la República. “Pero no puede ir con su traje de algodón” me dijeron “No tengo nada más que ponerme”.” ¡Por favor, es imposible!” “Entonces iré en pijama” Tampoco era conveniente. “No se preocupe, que le vamos a hacer un vestido y un sombrero”. Pues, lo esencial era que una mujer que acababa de atravesar Los Andes, no se pareciera demasiado a una aviadora. El tiempo de coser el vestido y confeccionar el sombrero sobrepaso ampliamente la hora de la invitación: tuvimos cuatro generosas horas de atraso, el sombrero, el vestido y yo. Rogué al Presidente  que me disculpará “! Y pensar que le hice esperar para estar así ataviada!”. El presidente de Chile se echó a reír con una naturalidad que hubiera hecho gran honor a la comunidad francesa de Santiago.

“! Pero, si ya la he visto en pijama, en las calles de la ciudad!” Dijo ”Es verdad, admití. “Además, le queda mucho mejor el pijama”. “Ya sé… “No era momento de discutir. “Mañana, prosiguió el Presidente, creo que está previsto que revistemos juntos las tropas. ¿Podría hacerme el favor de venir en pijama?” Cuando los franceses me vieron aparecer le día siguiente, creí que íbamos a contar varios paros cardiacos. El Presidente, en cambio, estaba feliz, así como los chilenos.

Tuve un momento de confusión cuando me encontré frente a la bandera: ¿qué tipo de saludo era el adecuado  entre una francesa en pijama y la bandera chilena? Se me ocurrió abrazarla, y la multitud enloquecida me demostró que mi idea no había sido tan mala. Ataron la bandera a mi G3, e hice un vuelo de honor sobre Santiago antes de partir para Buenos Aires, en tren. Deje mi avión en Santiago, esperando encontrar un comprador contra un pago efectivo. De hecho se vendió, y una buena decena de “pedazos” de mi hélice pasaron de mano en mano, como los de la verdadera cruz, si así lo puedo decir.

En Mendoza, también, habían hecho las cosas a lo grande y estaba invitada a tres banquetes la misma noche. Por último fui recibida por el cónsul de Francia y la comunidad francesa: solamente hombres y vejestorios – no había otra palabra –con papadas y nudo de cinta en el cuello. Parecían guillotinadas que hubieran sido arregladas apresuradamente. Ninguna chica joven, naturalmente: me recibían porque parecía que era una especie de celebridad, pero no íbamos a mostrar a estas señoritas una mujer que podría darles el mal ejemplo. Tampoco fue invitado mi mecánico, probablemente porque temían que fuese demasiado “popular” y que Duperrier hubiera aparecido overol con grasa hasta los orejas. El, muy contento, se había ido a comer sin protocolo con amigos y un médico del lugar.

Durante la cena, el Cónsul me propuso gentilmente leer para mí las numerosas cartas y telegramas que me habían enviado de todas partes. “Así Ud. podrá comer más tranquilamente, me dijo este excelente hombre”

Acepté con gusto, a pesar de que mi apetito estaba debilitado por los dos banquetes precedentes. El cónsul abría las cartas, juzgaba de un vistazo el interés de lo que leía y me lo resumía en una palabra. Todo iba sin trabas y el diplomático se estaba relajando cuando lo vi paralizarse. “Esto es… me parece…. personal” me dijo, pasándome una carta. Eran unas palabras de Duperrier y sus amigos « Deje a esos tontos, decía, y venga con nosotros a divertirse”.

Me quedé seis semanas en Mendoza, esperando en vano noticias de Caudron (y especialmente de la plata). No podía saber que, en mi ausencia, se había casado con una mujer terriblemente celosa. Había hecho nombrar a su cuñado como director y él interceptaba mis cartas. De manera que Caudron  apenas se enteró que había cruzado la Cordillera. El presidente chileno había llamado al presidente de la república francesa. “! Afortunado el país que dio luz a semejantes hijas!” (O algo parecido, cito de memoria). Nunca recibió respuesta y le llamó la atención, tal como me contaron después de parte de amigos chilenos. Probablemente que en Paris, los funcionarios se habían preguntado de qué rara historia de parto estaba hablando este presidente sudamericano.”

La ruta abierta en 1921 por la joven aviadora francesa, sola a bordo de un insignificante avión escuela, se convertiría en la ruta de travesía de Los Andes que siguen los aviones de línea en el tramo Mendoza – Santiago.

P. Rolet / M.I Reboredo

(¹)Adrienne obtuvo el récord mundial femenino de loopings con 212 en 73 minutos.

(²) Publicado con la amable autorización de la revista Icare

1 Comentar este artculo

  1. jose vargas venegas Dijo:

    mi padre es Fernando Vargas Bolland ,el esta fallecido , me encantaria saber si tengo parentesco con adrianne bolland, 9 5618 5648 cel

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